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sábado, 30 de enero de 2010

Un mal reportero


A lo largo de su vida, Chesterton fue dejando por escrito comentarios a propósito de sus viajes a otros países. Habló muchas veces del espíritu del viajero, como en «La filosofía del curioseo», en Alarmas y digresiones; sobre Bélgica publicó «La balada de una extraña ciudad», en Enormes minucias; en Charlas hay artículos titulados «Sobre Polonia» y «Sobre Holanda»; de sus estancias en Francia se puede recordar, entre otros, «Un ensayo sobre dos ciudades» en All Things considered; la edición española de The Glass Walking-Stick se titula El color de España y otros ensayos porque aparecen en ella varios artículos sobre España; en las últimas recopilaciones de ensayos de su vida hay muchos también sobre los Estados Unidos; y muchos más.

Pero, específicamente, son libros de viajes los titulados Irish impresions, The New Jerusalem, Lo que vi en América y The Resurrection of Rome. Además, se pueden considerar como tales Christendom in Dublin, que narra una estancia en la capital irlandesa, y la segunda parte de Sidelights on New London and Newer York, donde hay catorce artículos relacionados con su viaje a Estados Unidos a principios de los años treinta. Dejando al margen las peculiaridades del estilo de Chesterton, y que siempre se dirige a lectores ingleses y por tanto menudean las referencias a la historia y los hábitos de su país, estos libros muestran bien algunas de sus singularidades, que podrían llamarse defectos o limitaciones como el mismo autor afirma en The Resurrection of Rome.

Una, en el mismo comienzo, cuando dice que le pidieron escribir un libro sobre Roma y él explicó francamente que se veía como un mal reportero y un mal reseñador por su falta sentido de la proporción: «encuentro demasiadas cosas interesantes y poseo pocas cualidades para lo que se requiere, las cualidades de selección y de concentración. Soy un mal reportero porque todo me parece merecedor de un reportaje; y un mal reseñador porque cada sentencia en un libro me sugiere un ensayo independiente».
Otra la manifiesta poco después: «Del mismo modo debo confesar (...) que soy un mal viajero o, al menos, un mal turista. Y de nuevo debo decir que tengo respeto por el turista pues lo mismo es verdad de un peregrino. Yo soy la clase de peregrino que nunca ve al Papa porque se queda demasiado tiempo mirando a la Guardia Suiza».

Una tercera se ve cuando habla de su entrevista con Mussolini, que tuvo lugar en francés y eso también propició, se lamenta, que «no le entrevisté porque él me entrevistó a mí». La conclusión que saca Chesterton es que «no soy un buen periodista», debido a verse atado por esos modales victorianos que le llevan a permitir a su interlocutor que hable: «pido perdón por este mal ejemplo para cualquier Guía del Periodista Joven».

Y otra más, quizá la más importante y uno de los grandes placeres que produce la lectura de Chesterton, es su inclinación a tomar ocasión de cualquier pequeño motivo para abrir grandes panoramas al lector: «Sé bien que la impresión general que producirá este libro es que yo no puedo hablar acerca de algo sin hablar acerca de todo. Es un riesgo que debo aceptar pues es un método que defiendo».

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