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sábado, 6 de febrero de 2010

Aprender a pensar


Después de su conversión al catolicismo en 1922, Chesterton escribió varios libros sobre la fe católica. Primero fueron varios artículos que después de su muerte serían recogidos en Adonde todos los caminos conducen. Luego vino un relato contando el proceso intelectual de su conversión: La Iglesia Católica y la conversión, con ideas a las que volvería en su posterior Autobiografía. Unos años más tarde reuniría distintos artículos en los que se consideran sus dos libros más importantes sobre la cuestión: The Thing o Por qué soy católico, y El Pozo y los charcos o El manantial y la ciénaga (según las traducciones). A esos libros se añade un breve comentario a unos cuadros sobre las escenas del Via Crucis titulado El camino de la Cruz.

Es interesante apuntar que Chesterton siempre intentó hablar de los motivos positivos de su conversión y evitar cualquier crítica contra el anglicanismo de la que pudiera desprenderse que había dado el paso por rechazo: «he abordado esta cuestión dando deliberadamente un rodeo que puede parecer excesivo, pero es que estoy convencido de que es la mejor manera de hacerlo, por ser la más cargada de sutileza y amabilidad» («En defensa de la complejidad», Adonde todos los caminos conducen). Sí es cierto, sin embargo, que con el paso del tiempo no pudo dejar de responder, a veces con agresividad, a comentarios no menos agresivos que provenían de figuras prominentes de la Iglesia anglicana como Dean Inge y E. W. Barnes, dos personajes que representaban bien que la única tradición viva del legado anglicano era el anticatolicismo.

Para valorar estos libros tiene importancia considerar que Chesterton se dirige al mundo  inglés para dar testimonio ante él de que llegar a ser católico no es dejar de pensar sino aprender a pensar; que la vieja fe católica es la única que permanece siempre nueva; que, al fin, la Iglesia Católica ha quedado como la institución que defiende hasta el final los verdaderos valores de la razón y de la libertad. Todo parece indicar que la posición católica de Chesterton, tan nítida en los años treinta y cuarenta, influyó en la cada vez más tibia recepción de sus obras en su propio país. Él lo sabía pero, lo mismo que sus declaraciones de tipo político y social, estas sobre sus creencias las formulaba con la conciencia de que «si digo estas cosas no puedo pedir a la mayoría de ustedes que concuerden conmigo; si digo cualquier otra, no puedo pedirles que me respeten» («Donde está la paradoja», El Pozo y los charcos).

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