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Nota: 'La patita en la llaga' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 12 de febrero de 2010

La patita en la llaga


El maestro de las Burujas
es una novela imposible de resumir, como puede imaginar quien haya leído las anteriores novelas de Walter Moers. Su título completo es El maestro de las Burujas: alquimia y arte culinario en una mágica novela de Zamonia. Novela gastronómica de Zamonia de Gofid Letterkerl, recontada por Hildegunst von Mythenmetz, traducida del zamonio e ilustrada por Walter Moers.

Al principio el narrador nos sitúa en Sledwaya, la ciudad más enferma de toda Zamonia, y presenta a los protagonistas: Eco, un grato —un gato que tiene la capacidad de hablar con cualquier ser vivo—, está muriéndose de hambre después de la muerte de su dueña y accede al trato que le propone Eisspin, el Maestre de Burujas —toda ciudad de Zamonia tiene un Maestre de Burujas que regula todos los asuntos locales y es el verdadero amo—. El trato es ser cebado con los alimentos más exquisitos y tratado a cuerpo de rey durante un año para que luego Eisspin pueda usar su manteca y sus órganos en experimentos alquímicos.

Abundan los personajes singulares, como el vúo —un búho de un ojo solo—, o los muscílagos —parientes zamonios de los murciélagos—; y los comentarios graciosos, algunos muy elaborados —como cuando Eco entra en la casa de Eisspin y observa «tres figuras aterradoras: un segador gris, una bruja de avellano y una momia de cíclope. Eran tres de las criaturas más peligrosas de Zamonia, y la probabilidad de encontrárselas en el mismo lugar era tan elevada como, por ejemplo, la de ser alcanzado por un rayo, un meteorito y una cagada de pájaro al mismo tiempo»—. Aunque no es lo más importante, porque el atractivo del libro para sus lectores naturales son las muchísimas digresiones y derivaciones, el argumento tiene cierta tensión: ¿se librará Eco del diabólico Eisspin?

Como suele pasar, y como cabe esperar de un narrador como el creado por Moers, cualquier consideración seria se despeja enseguida con una broma. Por ejemplo, Eisspin le dice al grato:

«—(...) Al joven alquimista se le enseña a valorar la responsabilidad formidable que recae sobre él. Si investiga lo pequeño, acaso llegue a descubrir algo muy grande. Una fuerza más poderosa que cualquier otra conocida. Y entonces debería meditar a fondo si la libera de verdad.
—Claro, claro —replicó Eco—. Pero si un alquimista investiga durante toda su vida en busca de esa fuerza y un buen día da con ella..., ¿cómo podrá resistir la tentación de liberarla?
—Con tu pregunta has puesto la patita en la llaga eternamente supurante de la alquimia —respondió Eisspin—. Eso constituye un problema. ¿Qué te parecería un desayuno opíparo?».

Al margen, a propósito de que el relato menciona varias veces la quema de «burujas» de la Edad Media y se condenan ese y otros «disparates medievales», se puede hacer la consideración de que resulta gracioso que un autor tan irónico no vea la ironía de fondo de que una novela tan disparatada condene los disparates. Pero esto es típico: tampoco los autores de Avatar pillan la ironía de gastar casi trescientos millones de dólares en las tecnologías más avanzadas para fabricar un producto que nos explica que los avances tecnológicos son malvados.

Walter Moers. El maestro de las Burujas: alquimia y arte culinario en una mágica novela de Zamonia (Die Schrecksenmeister, 2007). Madrid: Maeva, 2009; 383 pp.; trad. de Rosa Pilar Blanco; ISBN: 978-84-92695-11-9.

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