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sábado, 27 de febrero de 2010

Chantajistas en el Parlamento


No es nuevo que haya ladrones que entran en la política y políticos que se convierten en una banda de ladrones, aunque tengamos la impresión de que cada vez haya más. Tiempo atrás ya puse un texto de Chesterton al respecto titulado Yo también elegiría la piratería. En la misma línea va una escena de El hombre que sabía demasiado en la que un policía le dice al protagonista: «Si es usted un chantajista, le prometo que irá a la cárcel», y él le contesta: «Los chantajistas no van siempre a la cárcel. A veces van al Parlamento».

En otras ocasiones habló del secretismo y la hipocresía de los políticos modernos. Ya me referí a las contundentes afirmaciones que hace en «El busilis de la yedra» (Enormes minucias). Vuelve a lo mismo cuando comenta una obra teatral en la que su amigo Shaw mostraba que la nueva astucia del político no es ocultar las emociones sino mostrar emociones falsas, y afirma que los políticos nunca han parecido tan francos y nunca han sido tan trapaceros: ahora lo sabemos todo acerca de sus mascotas pero nada sobre los fondos de sus partidos. («Bernard Shaw and Breakages», Sidelights)

Más en general, otras veces indicaba dónde se ha comenzado a perder el respeto a unos gobernantes como los que tenemos: «Lo que más daño ha hecho al gobierno moderno es cierta cualidad que raras veces se menciona (...). Se trata de la pérdida del viejo ideal que asociaba el amor por la libertad con el desprecio del lujo. Los primeros y mejores idealistas democráticos fueron siempre tajantes en ello. Exigieron que el senador republicano mostrara una republicana austeridad, pues precisamente eso era lo que había de distinguir al senador del cortesano y del afeminamiento de la corte». («El rey Jorge V», El color de España y otros ensayos)

En positivo manifestaba su admiración por William Cobbett como ejemplo de político inusual que «hablaba por los innumerables hombres que no pueden hablar y trataba de ayudar a los que no podían ayudarlo. No le pagaban los pobres para que fuera el paladín de su causa, porque es un hecho curioso, no descubierto por la mayoría de nuestros doctores en sociología, que la riqueza se obtiene de los ricos». (Maestro de ceremonias)

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