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sábado, 6 de marzo de 2010

La reforma del Estado que necesitamos


Un texto como el de Leyes educativas muestra bien el tipo de político iluminado y de mente totalitaria que se cree con derecho a modelar las vidas ajenas. En el de La decencia de los antiguos sacrificios humanos se aprecia cómo algunos comportamientos de los gobernantes del pasado que deploramos pueden verse como mejores que algunos propios de hoy que ignoran derechos elementales de las personas.

Siguiendo este modo de argumentar, de comparar el pasado con el presente, Chesterton señala que, durante la Edad Media, los gobernantes consideraban la posibilidad de arrepentirse y, en consecuencia, podían decidir abandonar el cargo y pasar los años finales de su vida en un monasterio reconociendo el daño que hicieron y, mal que bien, reparando por él. Entre los políticos truhanes que tanto abundan hoy, decía, esto es impensable: «Hemos perdido la idea de arrepentimiento; especialmente en las cosas públicas; por eso no podemos de ningún modo acabar con los grandes abusos de la tiranía económica ni con la avaricia de los ricos» («The Mediaeval Villain», A Miscellany of Men).

Por eso, señalaba, lo primero «que necesitamos hoy no es optimismo o pesimismo, sino una reforma del Estado cuyo nombre propio es "arrepentimiento", pues es la reforma de un ladrón y eso supone que ha de admitir previamente que ha sido un ladrón. Los políticos y gobernantes no deben dedicarse a inventar consuelos o a profetizar desastres, sino que, primero y antes que ninguna otra cosa, deben confesar sus maldades. No deben decir que el mundo va a ir a mejor gracias a una especie de cosa misteriosa llamada progreso, algo así como una providencia sin propósito. Deben reconocer lo que han estado haciendo mal y entonces podrán felicitarse de estar por fin en lo correcto; no deben de ningún modo dedicarse a insinuar que, en cierto modo, estaban en lo correcto cuando estaban equivocados. En este aspecto hay progresistas que son la peor especie de los conservadores pues insisten en conservar, de la forma más obstinada y oscurantista, los rumbos marcados por ellos mismos en el pasado. Es humano cometer errores; pero el único error mortal, entre todos los errores, es el de negar que nos hemos equivocado» («A Note on Old Nonsense», Fancies versus Fads).

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