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domingo, 25 de abril de 2010

El interior de lo que hacemos


Una idea a la que vuelve una y otra vez Ernst Jünger en el segundo tomo de Radiaciones está encerrada en la frase de Goethe «Pero en lo interior sí está hecho». En una entrada de fecha 12 de febrero de 1943 dice que los libros y los cuadros causan efecto incluso si nadie los ve o los lee, idea incomprensible para muchos en nuestro mundo, a medida que se «van sustituyendo los vínculos espirituales por los técnicos», pero tan cierta como que las oraciones de un monje son importantes aunque no las oigan aquellos por quienes rezan. Lo explica de modo completo en la última entrada del libro, del 2 de diciembre de 1948:
«“Pero en el interior sí está hecho”. Una frase para meditar sobre ella, llena de significado. Hay una terminación de nuestras acciones en lo absoluto, un complemento que es siempre independiente del éxito o del fracaso. Eso representa un gran consuelo.

Nuestras acciones son comparables a disparos que estuviesen animados de una fuerza doble. Por un lado son como flechas disparadas por el arco de la vida; esas flechas están sujetas al azar, a la fuerza de la gravedad, al viento. Dan en el blanco o fallan; no está en nuestras manos la trayectoria que siguen.
Pero, a la vez, la cuerda, al estar tensada también por la fuerza de amor, lanza la flecha hacia lo que está por encima de lo real, en una trayectoria recta, que alcanza su meta en lo invisible. Hay un segundo destinatario de nuestras palabras, de nuestros actos, de nuestros pensamientos.

Escribimos una carta a uno de nuestros allegados y la llevamos a correos. En el instante en que la echamos al buzón pensamos en su destinatario y nos invade la preocupación de si le llegará. Cuando reina el caos esta preocupación es muy grande. Y, sin embargo, resulta consolador el pensamiento de que, llegue o no a su destino, la carta la hemos escrito. Sentimos que eso ha introducido una modificación en el mundo. Es un sacrificio que hemos ofrecido, aunque nadie la lea. Pues “en el interior sí está hecho”.
Algo parecido ocurre con nuestra preocupación por los ausentes. Los pensamientos giran en torno a los guerreros, a los desaparecidos, a los prisioneros. Tal vez no nos lleguen nunca noticias de ellos, tal vez hasta varios años más tarde no nos enteremos de que cayeron en la guerra. Y nunca parecerá más fuerte el soplo de lo absurdo que cuando nos es preciso reconocer que estuvimos angustiándonos por una persona convertida en podre hacía ya tiempo. Pensábamos en ella como si estuviera viva. Hay algo maravilloso, sin embargo, en ese “como si”. Deberíamos pensar en cada muerto como si estuviera vivo, y en cada vivo, como si estuviera ya separado de nosotros por la muerte. Así nuestros deseos apuntan más alto, a la persona invulnerable. Y si tensamos bien el arco, experimentaremos el instante maravilloso en que nos llega la respuesta. Pues en el interior sí está hecho».

Ernst Jünger. Radiaciones II (Strahlungen II: Das zweite Pariser Tagebuch, Kirchhorster Blätter, Die Hütte im Weinberg -Jahre der Okkupation, 1979). Barcelona: Tusquets, 1992; 605 pp.; col. Andanzas; trad. de Andrés Sánchez Pascual; ISBN: 84-7223-480-0. Nueva edición en 2005; ISBN: 978-84-8310-442-2.


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