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Nota: 'Ponerse en el lugar de otros' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 29 de abril de 2010

Ponerse en el lugar de otros


¿Por qué todos me miran la cabeza?,
de Randa Abdel-Fattah, es la primera novela de su autora, australiana de origen palestino. Por su destreza y por su enfoque causó gran impacto en los países anglosajones cuando salió. Se publicó en España hace ya dos años pero yo la he leído hace pocas semanas. Tanto si la juzgamos como una obra primeriza como si la comparamos con las muchas novelas de chicas adolescentes merece muy buena nota.

Amal, una chica de dieciséis años, hija única de médicos palestinos afincados en Australia, cuenta qué ocurre cuando decide llevar el hiyab puesto a todas horas. Sus padres, que al principio intentan disuadirla porque suponen lo que sufrirá su hija, ya que será la única en su colegio en esa situación, se alegran y refuerzan su propósito. Además de los líos escolares y amorosos, Amal tendrá que tratar con una vecina mayor muy arisca y que apoyar a una prima de origen turco que tiene muchos problemas familiares por la rigidez de su madre.

Lo primero que se ha de decir es que la novela tiene todo lo típico del género. Se mencionan muchas canciones, películas, series de televisión, y actores y actrices de moda. Amal y sus amigas se pirran por ir de compras, hablan continuamente de problemas con las comidas, y se pasan la vida charlando por teléfono y haciendo conjeturas sobre cuestiones amorosas y quién dijo qué a quién y qué significa eso, etc. Hay espadachineos dialécticos agresivos e insultantes entre Amal, o sus amigas, y sus rivales (que pueden ser más guapas pero son más cortas...). Amal, que todo lo cuenta en presente con fluidez y con ingenio, resulta muy atractiva para el lector por su carácter combativo, y por su extraordinaria claridad para explicar sus confusiones. Su personalidad evoluciona: va logrando controlar mejor sus emociones y al final sufre una especie de arrepentimiento a lo Jane Austen pues ve que no sólo quienes están a su alrededor la juzgan mal sino que también ella ha juzgado mal a otros y no ha sabido ponerse en su lugar.

Lo segundo es que la novela, al mostrar la incomodidad que Amal siente cuando todo el mundo se dirige a ella debido a noticias como un programa de televisión sobre los talibanes u otro sobre la ablación en África,  o cuando no le dan un trabajo en un bar porque le dicen que su pañuelo es antihigiénico, consigue su objetivo de hacer pensar al lector occidental en algunos estereotipos injustos que difunden los medios de comunicación. También contribuye a su presentación positiva del Islam la imagen de sensatez educativa que dan sus padres —«te conozco demasiado bien, Amal», le dice su madre, «el numerito “es el fin del mundo” no va a funcionarte conmigo»—, y las bromas que sabe hacer sobre algunas costumbres de su religión: cuando habla del Ramadán, por ejemplo, explica que no va sólo de pasar hambre y sed sino que «la verdad es que nos damos atracones», «madre mía, qué atracones»...

Pero quizá lo mejor sea lo bien que se presentan los argumentos de Amal en favor de sus opciones. Cuando sale con hiyab por primera vez se siente «protegida de toda esa porquería sobre la belleza y la imagen». Decide rezar a las horas marcadas porque se da cuenta de que no es recto hacerlo a toda prisa para que le dé tiempo a ver su culebrón favorito. Aunque toda la narración es como decir a las lectoras jóvenes un «eh, que soy como vosotras», también comenta qué raro es que se considere normal a quien se emborracha todos los fines de semana pero se llame freaky a quien lleva un trozo de tela en la cabeza. Su bronca con el chico que le gusta, para explicarle su inflexibilidad en su concepción de un noviazgo sin pruebas, tampoco tiene desperdicio. Es acertado su reconocimiento final de que no sirve de nada «ser fiel a tu religión en el aspecto externo si no cambias lo que hay en tu interior, que es lo que verdaderamente cuenta»: «me he estado engañando. Ponerme el hiyab no es el final del trayecto. Es sólo el principio».

La historia da pie para tratar más cuestiones, en las que no entraré porque no las conozco bien y no me corresponde a mí discutirlas, pero que menciono rápidamente. Una, que la novela se alinea con otras novelas o libros de memorias de mujeres musulmanas que desean afirmar la validez del Islam para vivir en el mundo occidental. Otra, que no hay novelas simétricas o parecidas que procedan de países musulmanes. Otra es la pregunta de si, según el Corán, el propósito del hiyab es el que indica el libro de reafirmar la identidad musulmana o el de, como indica la misma palabra, ocultar a la vista o esconder. Otra, la recepción del libro no entre occidentales sino entre musulmanes, debido al estilo descarado y directo de Amal, y debido a que muchos pueden sentir que la novela anima más a ver telenovelas y a un estilo de vida consumista que a vivir según el Corán. De todas maneras, tal vez lo más justo es ver la novela como lo que es, una historia concreta, y no intentar verla como representativa de todos los musulmanes que viven en Occidente, y ni siquiera de la mayoría.

En otro orden de cosas, la novela ha recibido elogios por su buen inglés, según he leído. En español algunos párrafos no encajan bien: por ejemplo, una magnífica respuesta de Amal sobre qué significa para ella pararse unos minutos al día para rezar —que compara con los tiempos muertos del baloncesto—, no suena bien a quienes conozcan el baloncesto. Y, en particular, la traducción usa varias veces expresiones malsonantes con la palabra «hostia» en boca de la narradora (y no en boca de alguien que use un lenguaje callejero). En fin: es difícil pensar que no haya traducciones más correctas de algunas expresiones de argot australianas; es también raro que una chica musulmana que asistió a un colegio católico en su infancia hable así; esto es menos comprensible aún dentro de un libro que habla de respeto a las costumbres de otros, y menos todavía en un libro que se publica en España. ¿Inconsciencia?, ¿incompetencia?, ¿deseos de meter el dedo en el ojo?

Y, a propósito de la reciente polémica sobre una chica, en Madrid, a la que se le prohibió ir a clase con velo, este artículo me parece certero.

Randa Abdel-Fattah. ¿Por qué todos me miran la cabeza? (Does My Head Look Big In This?, 2005). Barcelona: La Galera, 2008; 347 pp.; trad. de Pepa Devesa; ISBN: 978-84-246-3048-5.

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