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sábado, 8 de mayo de 2010

Algunas maldiciones periodísticas


Algunos hábitos periodísticos según Chesterton:

—Atención a lo secundario y no a lo importante. Al presentar «un personaje cuyas opiniones se desvanecían bajo una retahíla de “peros”, “no obstante”, “por más que”…», el narrador subraya que «tenía, por tanto, las mejores «aptitudes para cultivar uno de los mayores artificios del periodismo moderno, o sea, para dejar de lado lo esencial de la cuestión, como si fuese algo que no corre prisa, y dedicarse con esmero a cualquier aspecto secundario». (La Taberna errante)

—Pintar sólo las excepciones. «La gran debilidad del periodismo, como pintura de nuestra existencia moderna, proviene de ser pintura formada enteramente de excepciones. (...) Pero no puede esperarse razonablemente que el periodismo insista sobre los milagros permanentes. (...) No pueden contar los tenedores que no se roban, ni los matrimonios que no se disuelven (...). De ahí que toda su pintura de la vida sea por necesidad, falaz; pueden reflejar únicamente lo desusado. Por democráticos que sean, sólo se ocupan de una minoría». (La esfera y la Cruz)

—Falta de autocrítica. «La maldición de todo el periodismo, especialmente del periodismo amarillo que es la vergüenza de nuestra profesión, es que nos creemos más listos que la gente para la que escribirnos, cuando, en realidad, generalmente somos más estúpidos». («On the Cryptic and the Ellipctic», All Things considered)

—Atención a los efectos y no a las causas. Es «una lástima que conozcamos tan a menudo las cosas del pasado sólo por su parte final», que «recordamos el ayer sólo por sus puestas de sol» («Un drama de muñecas», Alarmas y digresiones). Lo anterior, que se puede aplicar a nuestros recuerdos y conocimientos históricos, se aplica en particular a una mente alimentada de noticias periodísticas: «La maldición del periodismo es que sólo habla de las últimas noticias, es decir, se preocupa del final de la historia sin haber oído hablar siquiera de cuál fue su comienzo. Es decir, no hablamos de gente que no conoce el ABC de un tema sino del problema de la gente que conoce XYZ de un tema sin conocer el ABC. («On Love», All I Survey)

—Miedo a las explicaciones morales. A propósito de la broma de un chaval que pintó una estatua, Chesterton señala que los periódicos calificaron el hecho de «broma sin sentido» y se pregunta qué significa eso, si toda broma es un sinsentido y una protesta contra el sentido: «no es un buen ataque al sinsentido decir que un sinsentido tuvo gran éxito». El comentario real del asunto sería decir, no que no tiene sentido, sino que es malo maltratar o echar a perder estatuas que pertenecen a otros, no que fue un acto idiota o vulgar, sino que fue malo. Y es que si la sociedad no logra tener una ley moral definida, capaz de resistir las contra-atracciones del arte y del humor, simplemente se acabará viniendo abajo por quienes se las arreglen para hacer cosas malvadas de una forma divertida: al asesino que pueda matar de un modo entretenido se le permitirá asesinar, al ladrón que robe de forma humorística se le permitirá robar tanto como quiera. («The Boy», All Things considered)

De todas maneras, la gran maldición del periodismo actual es la tiranía del periodismo que podemos calificar de malo por ser completamente inmoral: «El periodismo no es lo mismo que la literatura; pero hay buen y mal periodismo igual que hay buena y mala literatura y buen y mal fútbol. Pero los últimos veinte años o así, los plutócratas que gobiernan Inglaterra no han permitido más que el mal periodismo. Muy mal periodismo, simplemente considerado como periodismo» («The Tyranny of bad Journalism», The Utopy of Usurers). Y, como sabemos, la situación a la que se refería Chesterton cuando decía que «mientras los dictadores suprimen periódicos los propietarios de periódicos suprimen noticias» («Por qué los protestantes prohíben», El Pozo y los charcos), es hoy mucho peor, cuando la mayoría de los medios subsisten gracias al dinero que reciben de las instituciones y de los negocios cuyos abusos deberían denunciar. Véase, por ejemplo, La Gran Hipocresía y La Gran Hipocresía II.

Notas sobre lo mismo, no chestertonianas, son: Moriremos atormentados, ¿Deben los colegiales leer periódicos?, Dificultades de expresión.

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