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sábado, 26 de junio de 2010

Libertad y límites


Decía Chesterton que la sustancia moral de la libertad está en que el hombre no está pensado para ser, sin más, un receptor pasivo de buenas leyes o buenas condiciones de vida, como un árbol en un jardín, sino que está pensado para que tenga el placer activo y principesco de actuar como el jardinero que selecciona lo que planta y que diseña y organiza su jardín. De ahí que la forma más popular de indicar donde reside la idea de la libertad humana es la de hablar del hombre como «creador». De hecho, en inglés, se usa la palabra «make» para la mayoría de las cosas en las cuales la libertad es esencial, como un paseo por el campo, «makes his way», hacer amigos, «makes a friend», o el amor, «making love». Y, por eso, en su sentido espiritual primigenio, la libertad designa lo divino que hay en el hombre o, dicho de otro modo, su condición de artista. («The Free Man», A Miscellany of Men)

De otra manera, con más exuberancia de la que yo pongo aquí, el protagonista de uno de sus relatos desarrolla la idea de la libertad así: «¿Es siempre un rasgo generoso devolver a un pájaro la libertad? ¿Qué es exactamente la libertad? Primero y ante todo es la facultad de ser uno mismo». Bajo ciertos conceptos, el pájaro, en su jaula, es libre. Es libre de estar solo. Es libre de cantar. «En la selva, sus plumas le serían arrancadas y su voz enmudecería para siempre». Por eso se puede «pensar que el ser uno mismo, que es sinónimo de libertad, es la limitación de uno mismo. Estamos limitados por nuestros cuerpos y por nuestros cerebros, y si nos evadimos dejamos de ser nosotros mismos, e incluso, quizá de ser algo». Podemos comprender el recorrido de los pensamientos que llevan a alguien a soltar al pájaro y simpatizar con el amor a la libertad que hay en el fondo de esa actuación. Pero hay un punto donde ese amor a la libertad se hace locura: «el hombre que rompe una pecera simplemente porque la considera una prisión, cuando es el único ambiente de vida posible para los peces, (...) vive ya en un mundo fuera de la razón». Y, para que la libertad no se vuelva insensatez, lo que no se puede perder de vista, continúa diciendo el mismo personaje, es que «el hombre es un ser viviente» y toda su felicidad consiste en apreciar la vida como un regalo, en valorarla y comprenderla como lo que es, como una «sorpresa», y en acogerla con gratitud, pues nos viene de fuera y de alguien ajeno a nosotros mismos. «Estos límites son las líneas del placer humano» (El poeta y los lunáticos - Episodios de la vida de Gabriel Gale)

Una nota, no chestertoniana, sobre lo mismo: La medida de la libertad.

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