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sábado, 17 de julio de 2010

Ideales y realidad


Chesterton
mantuvo muchas polémicas públicas con quienes, en su tiempo, defendían posiciones feministas. Aclaró repetidas veces que no atacaba el feminismo sino algunas de las reivindicaciones y de las razones de las feministas, en su opinión mal fundadas y a veces injustas con las mismas mujeres a las que decían defender.

En esa línea, decía, es una obviedad que necesitamos un ideal en nuestra mente con el que contrastar la realidad, pero es igualmente cierto, y se suele subrayar menos, que necesitamos la realidad para contrastar nuestros ideales. Por eso, indicaba, como piedra de toque de las teorías que oía siempre pensaba en la señora Buttons, una vecina suya que era señora de la limpieza: «cuando escucho cualquier moderna generalización acerca del sexo femenino simplemente sustituyo su nombre y veo cómo suenan las cosas. (...) Y es extraordinario qué diferente suena todo cuando hago la sustitución». («Simmons y el nexo social», Alarmas y digresiones)

Por ejemplo, señalaba que «la suposición moderna de que la mujer es un «hermoso parásito», un «bibelot de lujo», ha surgido evidentemente de «la penosa observación de una familia de banqueros» pero no de la observación de las mujeres reales (Lo que está mal en el mundo). Afirmaba que, históricamente, las mujeres en el hogar no han ocupado el lugar del esclavo, sino el lugar del déspota —y con razón, pues no es posible actuar democráticamente en una guardería infantil y no se pueden conceder algunas libertades en la habitación de los niños—, y por eso temía que la expansión de ciertas ideas feministas en la vida pública trajesen como consecuencia un estado con leyes y libertades de guardería (Lo que vi en América).

Por el contrario, decía, es sorprendente que se hable tanto de la importancia de la educación al tiempo que se minusvalora el trabajo educativo de las madres: en este punto «el feminismo comete el mismo error que el militarismo y el imperialismo» cuando piensa que un gran éxito sólo lo es cuando sucede a gran escala y olvida que lo más importante no es lo público sino lo privado. («Turning inside out», Fancies versus fads)

Insistía en que, socialmente, tiene mucha más importancia el trabajo educativo en el hogar que cualquier otro: «¿Cómo puede ser una gran carrera enseñar a los hijos ajenos la regla de tres y una carrera pequeña enseñar a los hijos propios todo acerca del universo?»; además, ningún trabajo es tan enriquecedor (aunque pueda ser tan cansado): «La mujer está generalmente encerrada en casa con un ser humano que, en un periodo en que pregunta todo lo que se puede preguntar y algo de lo que no se puede. Sería extraño si conservara algo de la estrechez del especialista». (Lo que está mal en el mundo)

Por eso, cuando escuchaba la frase de que la situación de las mujeres ha progresado en el mundo moderno, aclaraba que el progreso no consiste en avanzar en una dirección, a menos que estemos hablando de cosas trascendentales como el amor a Dios, sino que consiste en saber y en buscar el lugar donde podemos parar. («The Pagoda of Progress», Fancies versus fads)

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