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sábado, 23 de octubre de 2010

Extraer e introducir


Chesterton
llamaba locos pedantes a quienes presentaban el proceso educativo, «no como emanando desde fuera, desde el maestro, sino totalmente desde dentro, desde el chico. Educación, dicen, es el equivalente latino de sacar afuera o extraer las facultades adormecidas de cada persona. En ningún lugar, allá en el fondo oscuro del alma infantil, existe un anhelo primordial por aprender los acentos griegos o por usar cuellos limpios de forma que el maestro de escuela sólo se limita a liberar tierna y gentilmente esos instintos aprisionados. Sellados en el recién nacido están los secretos intrínsecos de cómo comer espárragos y de cuál fue la fecha del incendio de Bannock. El educador sólo se limita a aflorar el disimulado amor del niño por las divisiones de muchas cifras; sólo dirige las preferencias ligeramente veladas del niño por las masitas y el dulce de leche. (...) Sería tan sensato decir que la leche que toma el bebé viene del bebé como decir que provienen de él sus méritos educativos. Hay, sin duda, en cada criatura viviente, una colección de fuerzas y de funciones, pero la educación significa producir éstas en moldes determinados y encaminarlas a fines dados, o si no, no significa nada. El lenguaje es el ejemplo más “práctico” de todo el problema [ejemplo clásico que también pone Robert Spaemann en Distinciones básicas]. Indudablemente, se pueden “extraer” gritos y gruñidos del niño pinchándolo y dándole tirones, pasatiempo cruel al cual muchos psicólogos son particularmente adictos. Pero habrá que tener mucha paciencia se si espera que el idioma inglés salga de él. Eso hay que ponérselo dentro, y con esto se acaba la cuestión». (Lo que está mal en el mundo)

En fin, «el educador que extrae es tan arbitrario y coercitivo como el instructor que introduce, porque extrae lo que elige. Decide lo que en el niño hay que desarrollar y lo que no debe ser desarrollado. No extrae (supongo) la desatendida facultad de falsificar. No pone de manifiesto, que yo sepa, con paso tímido, un talento cauteloso para la tortura. El único resultado de toda esa pomposa distinción entre el educador y el instructor consiste en que el educador saca lo que quiere y el instructor mete lo que quiere. Exactamente la misma violencia intelectual que se hace a la criatura a la que se da tirones y a la que se la empuja. Pero todos debemos aceptar la responsabilidad de esa violencia intelectual. La educación es violenta porque es creadora. Es creadora porque es humana. Es tan despiadada como tocar el violín, tan dogmática como dibujar un retrato, tan brutal como construir una casa. En síntesis, es lo que es toda acción humana: una interferencia con la vida y el crecimiento. Después de esto resulta una cuestión trivial y hasta jocosa preguntarnos si este gran torturador que es el artista nos mete las cosas dentro como un boticario o nos las saca fuera como un dentista». (Lo que está mal en el mundo)

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