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sábado, 30 de octubre de 2010

Sentido de la realidad


Chesterton
escribió con frecuencia en relación a los temores de quienes pensaban que los niños confunden ficción y realidad y concluían de ahí que así se les desdibujaban las fronteras entre lo bueno y lo malo.

En mi recuerdo, decía, la niñez fue una etapa de distinta calidad que el resto de la existencia, una etapa inmerecidamente grata y jubilosa, cuyo «atributo más general era la nitidez. He aquí en lo que difiero, por ejemplo, de Stevenson, a quien admiro tan calurosamente, pero que habla del niño como si éste fuese con la cabeza en las nubes. Habla del niño como si normalmente estuviera sumido en un sueño, en el que le es imposible distinguir lo que son hechos de lo que es fantasía. Ahora bien, los niños y los adultos son, ambos, quiméricos, muchas veces; pero no es esto lo que en mi mente, ni en mi memoria, distingue a los adultos de los niños. (…) Estoy “ahora” mucho más dispuesto a imaginar que un manzano a la luz de la luna es un fantasma o una ninfa traslúcida; o a ver el mobiliario cambiando y arrastrándose al anochecer como en algún cuento de Poe o Hawthorne. Pero cuando yo era un niño sentía una especie de estupor confiado al contemplar un manzano como un manzano. (...) Había algo así como una mañana eterna en ese estado de ánimo, y me gustaba más ver un fuego encendido que imaginar las caras reflejadas en la luz del fuego».

Quienes han perdido buena parte del sentido de la realidad, a través de diversas influencias de una cultura reciente y romántica, son algunos adultos, precisamente muchos de los que sostienen que al niño sólo le ocupa la ficción y, además, esto lo interpretan «en el sentido, a la vez sentimental y escéptico, de que no existe gran diferencia entre la ficción y la realidad. Pero el niño auténtico no confunde el hecho y la ficción. Sencillamente, le gusta la ficción. La representa, porque no puede todavía escribirla o leerla; pero no permite nunca que se nuble por eso su equilibrio moral. Para él no existen dos cosas más contradictorias que el jugar a los ladrones o el hurtar dulces. Por mucho que jugase a los ladrones nunca llegaría a creer en lo más mínimo que robar está bien. Yo veía de niño la distinción con toda claridad; ojalá pudiera verla tan clara ahora». Y, cuando mis juegos eran dibujar planos de países y seres fabulosos, «aunque llenase el mundo de dragones no tuve nunca la menor duda de que los héroes estaban hechos para luchar contra los dragones». (Autobiografía)

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