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sábado, 18 de diciembre de 2010

Una teoría mística no tan rudimentaria


Uno de los rasgos humanos más característicos de Chesterton siempre fue el del asombro agradecido ante la vida. Ya mencioné un texto de 1904 —Ojos nuevos, oídos nuevos— donde hablaba de que que «las divisiones del tiempo han sido dispuestas de manera que podamos sufrir un sobresalto o sorpresa cada vez que algo se reanuda». En uno de sus primeros libros comparaba el hecho de nacer en una familia con una gran aventura —como figura en la nota Vivimos en un cuento de hadas—. En otro dejó escrito que «la ingratitud es seguramente el mayor de los pecados intelectuales del hombre. Considera naturales sus beneficios políticos como juzga naturales los ciclos y las estaciones» (Robert Browning). En otro artículo señalaba cómo «el principal efecto de toda privación es acentuar la idea del valor. Quizá en un mundo mejor nos sea dado poseer de modo permanente junto con el permanente asombro ante la posesión» («Mudanza», Lectura y locura).

Muchos años después de todos esos textos decía que, cuando era joven, «inventé una teoría mística rudimentaria y pésima, que era propiamente mía», la de que «cualquier cosa era magnífica comparándola con la nada. Incluso si la luz del día era un sueño, era soñar despierto, no era una pesadilla. (...) Este modo de mirar las cosas, con una especie de mínima gratitud mística, estaba naturalmente apoyado, en cierto modo, en aquellos pocos escritores de moda que no eran pesimistas; sobre todo, en Walt Whitman, Browning y Stevenson; en el “Dios debe alegrarse de que se ame tanto a su mundo”, de Browning, y en “la fe en una decencia última de las cosas”, de Stevenson». Pensaba que «ningún hombre sabe lo optimista que es, aún llamándose pesimista, porque no ha medido realmente la magnitud de su deuda hacia lo que le ha creado y le ha permitido ser algo». Siguiendo esa idea —«la idea principal de mi vida, no diré la idea que he enseñado siempre, sino la doctrina que me hubiera gustado enseñar siempre», la idea  de que se han «de aceptar las cosas como gratitud y no como cosa debida»—, ya en el catolicismo Chesterton perfeccionó aquella teoría rudimentaria suya con el Sacramento de la Penitencia, que «concede vida nueva y reconcilia al hombre con todo cuanto vive, pero no lo hace como suelen hacerlo los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad», pues «el don se concede mediante un precio y está condicionado por una confesión. En otras palabras, el nombre del premio es la Verdad, que también se puede llamar realidad», la realidad respecto a uno mismo. (Autobiografía)

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