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sábado, 5 de febrero de 2011

Expertos clasistas e ignorantes


Chesterton
señaló qué difícil es, a veces, decir lo justo en la crítica de arte porque, como vivimos bajo el imperio del estilo periodístico, tendemos a usar frases falsas o sin sentido, y términos inexactos, que conservamos por hábito y usamos por pereza: uno de los motivos por los que «el hombre ha comenzado a pensar mal casi antes de haber siquiera comenzado a pensar» (George Bernard Shaw). En ese sentido decía que había que desconfiar de quienes actúan como si fueran grandes autoridades en la materia cuyas opiniones no se pueden cuestionar, pero, al mismo tiempo, no saben trasladar la belleza de lo que ven al lenguaje y se limitan a decir que es algo intraducible, impronunciable, indefinible, indescriptible, impalpable, inefable, y cosas así («The Mystagogue», A Miscellany of Men).

En otra ocasión, hablando del crítico George Moore, señalaba que «mete su “Yo” con mayúscula incluso donde no es necesario, incluso donde debilita la fuerza de una simple afirmación. Cuando otro hombre diría, “Es un lindo día”, el señor Moore dice “Visto a través de mi temperamento, el día parece ser lindo”. Cuando otro hombre diría: “Milton evidentemente tiene un gran estilo”, el señor Moore dice: “Como estilista, Milton siempre me ha impresionado”» (Herejes). Del mismo modo ironizaba contra los críticos que no saben elogiar algo sino elogiándose a sí mismos, como el inglés que califica un monumento en el extranjero llamándolo «inglés», algo parecido a si un turco elogiase la catedral de Westminster llamándola turca («The Case Against Main Street», Sidelights). De modo más general, caracterizaba el error anterior indicando la tendencia de los críticos a considerarse a sí mismos una especie de aristócratas del gusto, algo que se nota, por ejemplo, cuando enjuician el arte monumental olvidando que ha sido pensado para impresionar al público y no para impresionarles a ellos («La filosofía del curioseo», Alarmas y digresiones).

Pero hay otro error mayor, sorprendente pero cierto, que se da cuando un crítico reconocido ignora los aspectos esenciales de las obras que supuestamente conoce bien. Así, de un gran experto como Ruskin indicaba que conocía todos los detalles de construcción de una iglesia, pero parecía ignorar para qué fue edificada (Maestro de ceremonias). Hablando de lo mismo, señalaba, en otra ocasión, cómo las catedrales del pasado no fueron construidas para gente consciente de su propia cultura como son los turistas modernos, sino para gente ruda y de ahí que la forma de acercarse a ellas, o a los grandes monasterios, o a los sepulcros históricos, no sea la que precisamente Ruskin recomendaba, la de preocuparse por tales edificios históricos como históricos, sino la de despreocuparse y tratar esos monumentos como lo hacía la gente sencilla y trabajadora para los que fueron construidos; además, no está de más tener en cuenta un punto del que parece que no se puede hablar con tantos modernos amantes de las catedrales: el de que la gente iba a las catedrales a rezar («La filosofía del curioseo», Alarmas y digresiones).

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