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sábado, 23 de abril de 2011

Magia buena y magia mala (2)


Cuando un clérigo anglicano usó la palabra «magia» para referirse a las creencias religiosas ajenas, Chesterton le respondió indicándole que «hablar de los misterios más altos o milagros como formas de magia, o como procedentes de la magia, es contar al revés toda la historia. Es como decir que la Misa Negra evolucionó hacia la Misa». Apuntaba luego en ese texto que la distinción estaba clara mucho antes de que la Cristiandad la clarificara del todo: hay siempre un sentido de la magia que significa un enemigo que nos esclaviza, como vemos en que la palabra «encantamiento» encierra la idea de cautividad. Mientras la magia buena, igual que un milagro que devuelve la pierna al cojo, restaura la normalidad, la magia mala disfraza y transforma y altera la normalidad: basta ver que Medea promete la juventud a un anciano, es decir, transformarle en otro hombre..., y luego miente.

Y —después de comentar algunas obras de fantasía de autores como Wilkie Collins, Thornton Wilder, Walter de la Mare y Henry James—, termina volviendo al principio y señalando que sí existe un vínculo entre el Mago y la Misa: el mismo que hay entre el No y el Sí, entre la oscuridad y la luz. «El Mago es un hombre que busca ser Dios y, siendo un usurpador, a duras penas evita ser un tirano. Al no ser el hacedor, sino solo el distorsionador, cambia las formas originales de las cosas y las aprisiona en el interior de formas antinaturales. Pero la Misa es exactamente lo opuesto a un hombre haciéndose Dios. Es Dios haciéndose hombre, es Dios dando su vida creativa a la humanidad y restaurando el modelo original de su humanidad; no haciendo dioses, ni bestias, ni ángeles; sino, por la milagrosa explosión original que hace nuevas todas las cosas, convirtiendo en hombres a los hombres». («Magic and Fantasy in Fiction», Sidelights on London and Newer York)

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