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sábado, 18 de junio de 2011

Poesía de Chesterton (y 4)


Borges
hizo referencia, en más de una ocasión, a que Chesterton fue, como por otra parte se decía del mismo Borges, «un poeta intelectual», y se lamentaba un poco de que tal cosa significaba, en no pocos casos, que sus poemas se parecían un poco a una partida de ajedrez o a una narración: en Chesterton, decía Borges, «uno se da cuenta que desde el principio él está trabajando hacia el fin y eso se nota quizá demasiado». En realidad, y aún admitiendo que «quizá ningún escritor me haya deparado tantas horas felices como Chesterton», el desacuerdo de Borges estaba en que «no comparto su teología, como no comparto la que inspiró la Divina Comedia, pero sé que las dos fueron imprescindibles para la concepción de la obra».

Para una comprensión completa de Chesterton como poeta son útiles algunas consideraciones que aparecen en la biografía citada días atrás. En ella, por más que su autor diga que no analizará sus obras,  sí que dedica varias páginas a su poesía, en especial a Lepanto y La balada del caballo blanco. En esos comentarios dice que «su obra nacía de la necesidad del instante, y se diseminaba. Y ahí está, fragmentada. Algunos fragmentos son obras de arte perfectas: casi se diría que accidentales. Porque Chesterton siempre sentía la necesidad de terminar las cosas y publicarlas en seguida. Todo lo escribía con alguna intención, como arma o como golpe de la espada en una guerra. Había que forjar la espada, había que dar el golpe, ya. Tal vez hubiera forjado un arma más perfecta, o realizado golpes más exquisitos, de haber sido un artista en su estudio, a solas, buscando la línea perfecta». Reconoce que, aunque «tenía instinto para dar con la palabra exacta, la frase exacta, el énfasis exacto», en su poesía no faltan ripios y rimas añejas, algunas debidas a su afición por terminar la línea con una palabra atronadora. Sin embargo, continúa, lo mismo podemos decir de autores como Shakespeare y, además, los defectos como poeta de Chesterton pueden ser vistos como facetas de su calidad: era ante todo un gran conversador y un trovador que «no perdía el tiempo con limpiametales y gamuza» y que, además, «no se consideraba un gran escritor. Tenía verdades que contar que eran de vital importancia, pero él no las había inventado. Lo importante era conseguir que llegasen al público».

Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari. «Chesterton», Diálogos (1992). Barcelona: Seix Barral, 1992; 383 pp.; ISBN: 84-322-4677-8.
Jorge Luis Borges. «El ojo de Apolo», Prólogos de La Biblioteca de Babel (1975-1981; 1995). Madrid: Alianza, 2001; 158 pp.; col. El libro de Bolsillo – Biblioteca Borges; presentación de Antonio Fernández Ferrer; ISBN: 84-206-3875-7.

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