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sábado, 9 de julio de 2011

Una ciencia de los motivos


Muchos no se dan cuenta de que hay concepciones del mundo en las que hay poesía y otras en las que no la hay. Nos agraden o no, decía en su época Chesterton, el nacionalismo aguerrido de los polacos, el profundo catolicismo de los irlandeses o el fascismo italiano, «son concepciones por las que se puede llevar a los hombres a un verdadero rapto de sacrificio. Las imágenes con las que son presentados al mundo, especialmente al de sus adoradores, el águila de oro o plata, la coraza de San Patricio, el saludo romano, son cosas que de hecho elevan el corazón, y fueron pensadas para que lo elevaran. En pocas palabras, hay en ellas poesía, y la poesía es la cosa más práctica del mundo». En cambio, seguía, no hay poesía ninguna en las doctrinas de los nuevos imperialistas que hablan de todo en términos de caja y contabilidad. («Términos de intercambio», El Pozo y los charcos)

Lo que se trata de comprender es que «la poesía presenta las cosas tal como son para nuestras emociones, no según lo son para cualquier teoría, por plausible que sea, o para cualquier argumento, por concluyente que parezca. Si el amor es en verdad una gloriosa visión, la poesía dirá que es una gloriosa visión, y no habrá filósofo que pueda persuadirla para que diga que es la exageración del instinto del sexo. Si la muerte es algo amargo y continuamente penoso, la poesía dirá que así es, y ningún filósofo podrá persuadirla para que diga que es un periodo evolucionario de gran valor biológico. Y aquí aparece el valor total y el objeto de la poesía, que está desafiando perpetuamente a todos los sistemas con la prueba de una terrible sinceridad. El valor práctico de la poesía es el de ser realista sobre un punto en el que nadie más puede serlo: el punto de los deseos actuales del hombre. La ética es la ciencia de las acciones, pero la poesía es la ciencia de los motivos. Algunas acciones son feas y, por lo tanto, algunas partes de la ética son feas. Más todos los motivos son hermosos, o se presentan como hermosos por el momento, y, en consecuencia, toda la poesía es bella». (Robert Browning)

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