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sábado, 3 de septiembre de 2011

El lenguaje de la eternidad


Dice Chesterton que casi todos los hechos fundamentales de la humanidad podemos encontrarlos en antiguas historias fantásticas. Así, hay una gran verdad en que todos los viejos monstruos —centauros, sirenas, esfinges, etc.— tenían una humanidad perfecta en su cualidad aunque no así en su aspecto externo. La idea es que no hay nada propio de un pez en el modo de ser de la sirena o que no hay nada caballuno en el modo de ser del centauro, etc. Sus partes humanas son bellas y amables como las de una ninfa o de un héroe, y sus partes animales no afectan a su perfección humana. Con esto se alude a que el hombre es un monstruo y es más monstruoso porque una parte de él es perfecta: la parte inmortal y la mortal del hombre son discordantemente distintas y siempre lo han sido. Y la mejor prueba de esto la tenemos en los juramentos de amor.

El alma de un hombre está tan llena de voces como un bosque. Allí hay caprichos, memorias, locuras pequeñas, locuras grandes, temores misteriosos y esperanzas más misteriosas aún. Todo el saber estar en la vida y el saber gobernarla radica en llegar a la conclusión de que unas voces tienen autoridad y otras no. Puedes tener un impulso de luchar contra un enemigo o un impulso de huir de él; una razón para servir a tu país o una razón para traicionarlo; una buena idea para fabricar dulces o una mejor todavía para envenenarlos. El único test que conozco por el cual podemos distinguir entre unos argumentos o inspiraciones y otros es, al final, este: que todas las necesidades nobles del hombre hablan el lenguaje de la eternidad. Cuando el hombre está haciendo las tres o cuatro cosas para las que ha sido enviado a esta tierra, entonces habla como alguien que vivirá para siempre. Un hombre que muere por su país no habla como si las preferencias locales pudieran cambiar. Leónidas no dice: “en mi estado de ánimo actual, prefiero Esparta a Persia”. Guillermo Tell no dice: “la civilización suiza, en cuanto yo puedo verlo, es superior a la austríaca”. Cuando los hombres están construyendo la sociedad o el pueblo al que pertenecen, hablan en términos absolutos, e igual lo hacen cuando están construyendo, aunque sea inconscientemente, esas pequeñas comunidades que llamamos familias. Hay en la vida ciertos momentos inmortales, momentos que tienen autoridad. Quienes se aman tienen razón cuando graban cada uno el nombre del otro en tantos sitios; se pertenecen el uno al otro en un sentido mucho más poderoso del que se dan cuenta.

G. K. Chesterton. «The Bonds of Love», The Illustrated London News, artículo del 2 de julio de 1910, Collected Works, volume XXVIII, versión mía muy libre, como todas las que haré de los textos que tomaré de esta serie de libros.

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