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sábado, 3 de marzo de 2012

Un satírico sentimental


Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit
fue la última de las novelas de Dickens con aire picaresco y una de las menos populares: incluso para el entusiasta de Dickens resulta poco satisfactoria porque predomina en ella un humor hostil, un poco semejante al de Oliver Twist. Su protagonista, Martin Chuzzlewit, es un aprendiz de arquitecto al que contrata Seth Pecksniff, una especie de profesor, y que es desheredado por su excéntrico y rico abuelo. Martin viaja entonces a los Estados Unidos, donde es estafado y tiene malas pero cómicas experiencias. Cuando vuelve a Inglaterra, desilusionado, acaba reconciliándose con su abuelo, que da su aprobación a su futuro matrimonio con Mary Graham.

El comentario que hace Chesterton a esta historia contiene una larga comparación entre Thackeray y Dickens: al primero lo califica de novelista y al segundo de satírico. Señala que la esencia de la sátira está en que percibe lo absurdo en la lógica de una posición y entonces aisla esa incongruencia para que todos podamos verla; por su misma naturaleza es inseparable de una cierta lógica insana que normalmente llamamos exageración. Mientras Thackeray llevaba los principios de un hombre tan lejos como ese hombre los llevaba, Dickens los llevaba tan lejos como los principios podían ir. Se puede afirmar que el satírico es más filosófico que el novelista. Mientras este puede ser solo un observador, el satírico debe ser un pensador filosófico pues ha de seleccionar qué cosa caricaturizará, por lo que se podría decir que la verdadera sátira es siempre una variación de la fantasía con aires de lógica pura. Un ejemplo de esta forma de sátira está en el viaje de Martin Chuzzlewit por América: en él se ve que Dickens no describe personajes sino que satiriza modas o, para decirlo más exactamente, persigue herejías; y que nunca hubo un hombre tan capaz para decir que algo estaba mal y tan deseoso de decir que algo estaba bien.

Pues bien, todo Dickens es sátira y sentimentalismo. La sátira se arriesga a ser innecesariamente hostil e inmisericorde, y el sentimentalismo a ser innecesariamente humanitario e incluso sensiblero. En la correcta mezcla de ambas cosas descansa el éxito de Dickens en una novela. De ahí que Dickens dé siempre lo mejor de sí mismo cuando se ríe de la gente a la que admira, como cuando escribe sobre Pickwick, que representa la virtud pasiva, o sobre Weller, que representa la virtud activa. Lo mismo vemos en Barnaby Rudge, cuyo héroe es un loco amable; y en las dos figuras cómicas de Almacén de antigüedades, Dick Swiveller y la Marquesa, que son las que atraen más al lector. Pero en Martin Chuzzlewit ninguno de los personajes absurdos despiertan de igual modo la simpatía: el hipócrita y retórico Seth Pecksniff por un lado, y la untuosa y suntuosa señora Gamp por el otro, son tan exuberantes y divertidos como abominables y despiadados, pero resulta difícil tomárselos del todo en serio cuando se ve que su creador no los aprecia (y, para los lectores españoles, a esto se ha de añadir que la forma de hablar de la señora Gamp, en un argot propio, no suena nada bien).

Charles Dickens. The Life and Adventures of Martin Chuzzlewit (1843-1844). Edición española, titulada Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit, en Barcelona: Montesinos, 2003, 727 pp.; trad. de David González; ISBN: 84-95776-62-6. Nueva edición en Barcelona: Alba, 2017; 920 pp.; col. Clásica Maior; trad. de Miguel Temprano; ISBN: 978-8490653036. [Vista de esta edición en amazon.es]

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