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sábado, 10 de marzo de 2012

Gente bondadosa


A partir de Dombey e Hijo, una novela que se publicó en veinte entregas mensuales, Dickens planificó más sus libros: los hizo más serios y en ellos intentó que todo tuviera más sentido, de forma que hasta los ramalazos más absurdos fueran en la misma dirección de los propósitos que tenía la novela.

Esta historia comienza cuando fallece la señora Dombey al dar a luz a su hijo Pablo. El padre, Mr. Dombey, un rico mercader, pone todas sus esperanzas en ese hijo y no hace caso alguno a su hija Florencia, que tiene unos cinco o seis años. Sin embargo, el vínculo afectivo entre Florencia y Pablo se hace muy fuerte. Florencia encuentra apoyo y afecto en Walter Gay, un joven empleado de su padre. La salud de Pablo no es buena y fallece. Mr. Dombey se casa de nuevo con la joven viuda Edith Granger, una mujer de la que desconoce su pasado pero que piensa que puede cumplir la función social que se le pide a su esposa. También gana peso el empleado de confianza de Mr. Dombey, Carker, un adulador maniobrero semejante al Urias Heep de David Cooperfield.

El propósito del autor, de presentar la bondad como la gran curadora de todos los males, se resiente del sentimentalismo que se respira en muchos momentos, aunque coge vuelo gracias al intenso dramatismo de algunos diálogos —sobre todo algunos donde habla Edith Granger—. En sus comentarios, Chesterton pone su atención en tres personajes muy secundarios con los que Dickens sí logra subrayar su intención de fondo. Uno, el mayor Bagstock, un tipo que pasa por sincero pero que sólo es completamente obvio, y que cuando dice una parte de la verdad ya piensa que así está siendo veraz. Otro, el primo Feenix, un aristócrata bienintencionado que dice cosas verdaderas sólo por accidente, un desmentido a quienes decían que Dickens no sabía pintar aristócratas pero, eso sí, una prueba de que no los describía como a ellos les apetecía ser descritos. Y el tercero, Toots, un personaje con el que Dickens muestra cómo un ser bondadoso y algo idiota puede hacernos notar la maravilla de una inocencia genuina.

Se puede dejar constancia, como en otras novelas de Dickens, de la pertinencia de algunas consideraciones sobre cuestiones educativas. Una, cuando el narrador dice de un personaje que «todo cuanto intentó con objeto de desviar a su sobrino [Walter] del afán por las aventuras produjo en éste contrarios efectos. Siempre ocurre así. Procurad escribir alguna vez un libro o narrad algo cuyo objeto sea únicamente hacer que los niños no se muevan de casa, y éstos, indudablemente, no pensarán en otra cosa distinta que hacerse a la mar. Todo esto está suficientemente probado». Otra, también en boca del narrador, a propósito de una escuela a la que asiste Pablo: «El sistema de mistress Pichpin no consistía en dejar que la inteligencia de los niños se formara y desarrollase como una delicada flor, sino obligarla a abrirse como una ostra». Una tercera, cuando Edith le dice a su madre que «basta y sobra con que nosotros seamos lo que somos. Y no quiero que la juventud y la confianza desciendan a nuestro mismo nivel. No quiero que un alma cándida sea corrompida, pervertida, para divertir el ocio de una madre, ni de todas las madres del mundo juntas».

Charles Dickens. Dombey and Son (1846-1848). Edición española, titulada Dombey e Hijo, en Barcelona: Ediciones del Azar, 2002; 889 pp.; trad. de Fernando Gutiérrez y Diego Navarro; ISBN: 84-95885-03-4.

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