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viernes, 25 de mayo de 2012

La moda de las «distopías» (2)


Un segundo ejemplo de «serie juvenil distópica» —la que, ahora mismo, parece destacar más—, es la que se inició con Divergente, la primera novela de Veronica Roth —que la escribió con 22 años—, que continúa con Insurgente, recién publicada en los EE.UU. y que no he leído, y a la que parece que seguirá una tercera entrega en 2013.

Una Chicago del futuro está dividida en cinco facciones: Cordialidad, Abnegación, Osadía, Erudición, Verdad. Cuando llegan a los 16 años todos han de participar en la Ceremonia de la Elección: en ella confirman que desean seguir en su facción o bien que desean ser trasladados. Los nuevos incorporados pasan, en sus facciones respectivas, por un periodo de aprendizaje, y los que no superan las pruebas son expulsados y pasan a ser una especie de parias. La protagonista, Beatrice Prior, pertenece a Abnegación pero, sin que sus padres lo sepan, elige Osadía y decide llamarse Tris a partir de entonces. Pero, antes de hacerlo, pasa por unas pruebas que revelan que es una divergente: la persona que lo descubre le advierte, misteriosamente, que nunca lo diga pues, para las autoridades, sería una persona difícil de categorizar y potencialmente peligrosa. Esta es la presentación de la historia. La novela luego cuenta el entrenamiento de Beatrice para ser miembro de Osadía: ha de superar pruebas de temeridad suicida, ha de aprender a combatir físicamente y a utilizar armas, ha de lograr un férreo dominio emocional y un completo control mental. Hace amigos y se gana enemigos; tiene un tutor que la protege y del que se enamora. También se va desplegando una intriga de gran alcance que, al final, estalla y prepara el terreno a la próxima novela.

La novela tiene muchos parecidos con otras obras —como El Dador, Harry Potter y Los juegos del hambre sobre todo, pero también con historias que cuentan un entrenamiento salvaje para cuerpos de combate—. La protagonista y narradora resulta convincente aunque sorprende que una chica tan lista y (normalmente) sensata exclame un «ahora lo entiendo» ante algunas cosas. En cuanto a la construcción de personajes resulta obvio que la maldad de algunos se acentúa para que luego al lector también le apetezca que reciban su merecido... Todo se cuenta en tiempo presente y con sobriedad, cosa que se agradece, aunque algunas veces chirría cuando la narradora dice cosas del estilo «me aprieta con el pulgar la suave piel de encima de mi antebrazo».

Como es sabido, la novedad en este tipo de novelas no está en los argumentos, pues hay relatos de ciencia-ficción más o menos parecidos desde hace tiempo, sino en la brutalidad de muchos pasajes argumentales en libros que se promocionan en colecciones juveniles. Así, en Osadía, todos buscan emociones continuas y extremas: no son capaces de coger y abandonar un tren de forma normal sino que siempre han de hacerlo en marcha y jugándose la vida. Cuando a Tris la convencen de incorporarse a una incursión nocturna con sus compañeros se «pregunta si se trata de una misión suicida disfrazada de juego». El entrenamiento por el que ha de pasar incluye peleas salvajes con sus compañeros y tener que hacer frente a desafíos y situaciones extremadamente crueles. A Tris le ayuda su tutor —en este ambiente no es de extrañar que no haya juego limpio—, con quien su relación amorosa termina incluyendo momentos abiertamente sexuales.

La novela quiere representar, y no lo hace mal, algunas dificultades propias de los adolescentes cuando desean afirmar su personalidad frente a su entorno, cuando se proponen averiguar por qué razones se han de comportar de una manera y no de otra, y cuando se inquietan por formar o no parte de un grupo en el que desean ser aceptados. Tris va dando cuenta de su mundo de sentimientos interiores en conflicto y, se puede decir, de la gran falta de coherencia de la educación que ha recibido, llena de recomendaciones concretas de por dónde ir pero sin ningún mapa de dónde estamos y a dónde vamos. Por ejemplo, para ella resulta un gran descubrimiento que el valor moral es más valioso y necesario que el valor físico. Pero, sea como sea, la forma morbosa en que su relato atrae a los lectores jóvenes —con descripciones de acciones insensatas y momentos de intensa violencia— es descaradamente comercial y, en mi opinión, merece iguales críticas a las que hice a Los juegos del hambre.

Veronica Roth. Divergente (Divergent, 2011). Barcelona: Molino, 2011; 483 pp.; trad. de Pilar Ramírez Tello; ISBN: 978-84-272-0118-7.

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