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viernes, 8 de junio de 2012

Una búsqueda incansable


Con los claros acentos autobiográficos de todas las narraciones de Thomas Wolfe, en Una puerta que nunca encontré se presentan cuatro textos titulados, cada uno, con una fecha: octubre de 1931, de 1923, de 1926, y abril de 1928. En el primero, el narrador está con un anfitrión rico, acerca del que ironiza y a quien le cuenta su vida en el barrio armenio de Brooklyn. En el segundo se centra, sobre todo, en su regreso a su ciudad natal cuando su padre ha muerto hace ya un tiempo. En el tercero habla del tiempo que vivió en Inglaterra y es el único de los relatos con acentos algo distintos y con momentos divertidos. El cuarto se corresponde con la época en la que vivió en una calle donde había un gran almacén al que llegaba y de donde partía cada día una flota de camiones.

Son textos publicados antes de Del tiempo y del río, un libro extenso donde cada una de estas escenas, levemente cambiadas, tuvieron su hueco. Por eso, quien no haya leído ese libro tiene aquí, como en el recientemente publicado El niño perdido, otra oportunidad de probar a Wolfe: descripciones urbanas en el primer capítulo, del campo y de personajes de su ciudad natal en el segundo, una irónica y divertida pintura de aspectos de la vida inglesa en el tercero, y un elogio con tintes épicos de los camioneros cuyo trabajo nocturno da vida a Norteamérica. Todo está unificado, también como es habitual en Wolfe, por lo que indica el título: por los lamentos del narrador ante la imposibilidad de aquietar su corazón y encontrar la puerta para entrar a un mundo donde llevar «una vida afortunada y feliz como jamás has visto».

Como Eugene Gant en Del tiempo y el río, también este narrador sin nombre pasa horas y horas en la gran biblioteca de la universidad leyendo libros como un poseso, para terminar completamente desalentado: «quería saberlo todo, y me volví loco cuando descubrí que no podía conseguirlo». Su desmesura incluso le impide ver los momentos en los que puede tener la solución que busca entre las manos, como cuando se lamenta de la muerte de su padre y concluye así: «supe que cada hombre que ha vivido sobre la faz de la tierra ha buscado y busca a su padre, y supe que incluso cuando el padre ha muerto, su hijo lo busca incansablemente hasta por las calles de la mala vida, con tal de encontrarlo, y supe que el hijo nunca pierde la esperanza y siente que algún día verá de nuevo el rostro de su padre».

Thomas Wolfe. Una puerta que nunca encontré (No Door, 1937). Cáceres: Periférica, 2012; 101 pp.; col. Largo recorrido; trad. de Juan Sebastián Cárdenas; ISBN: 978-84-92865-54-3. [Vista del libro en amazon.es]


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