Este sitio emplea cookies de Google para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre su uso de este sitio web. Si utiliza este sitio web, se sobreentiende que acepta el uso de cookies. Entendido | Más información
Nota: 'El poder de la oralidad (y 3)' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta

sábado, 24 de noviembre de 2012

El poder de la oralidad (y 3)


Explica Walter Ong que, en una cultura oral, las palabras son acontecimientos, hechos. Lo vemos si pensamos en que «el sonido guarda una relación especial con el tiempo, distinta de la de los demás campos que se registran en la percepción humana. El sonido sólo existe cuando abandona la existencia. No es simplemente perecedero sino, en esencia, evanescente, y se le percibe de esta manera. Cuando pronuncio la palabra “permanencia”, para cuando llego a “nencia”, “perma” ha dejado de existir y forzosamente se ha perdido». Es cierto que «toda sensación tiene lugar en el tiempo, pero ningún otro campo sensorial se resiste totalmente a una acción inmovilizadora, una estabilización, en esta forma precisa». Por eso no «resulta asombroso que los pueblos orales, por lo común, y acaso generalmente, consideren que las palabras poseen un gran poder»: el hecho de que «consideren que las palabras entrañan un potencial mágico está claramente vinculado, al menos de manera inconsciente, con su sentido de la palabra como, por necesidad, hablada, fonada y, por lo tanto, accionada por un poder».

De ahí también que los antiguos pueblos orales «comúnmente consideran que los nombres (una clase de palabras) confieren poder sobre las cosas. (…) Primero que nada, los nombres efectivamente dan poder a los seres humanos sobre lo que están nominando: sin aprender un vasto acopio de nombres, uno queda simplemente incapacitado para comprender, por ejemplo, la química, y para practicar la ingeniería química. Lo mismo sucede con el conocimiento intelectual de todo tipo. En segundo lugar, la gente caligráfica y tipográfica tiende a pensar en los nombres como marbetes, etiquetas escritas o impresas imaginariamente, adheridas a un objeto nominado. La gente oral no tiene sentido de un nombre como de una etiqueta, pues no tiene noción de un nombre como algo que puede visualizarse». En una cultura escrita reducimos el sonido a una grafía, y a la más radical de todas las grafías, el alfabeto. En cambio, «no es tan probable que el hombre oral piense en las palabras como “signos”, fenómenos visuales inmóviles. Homero se refiere a ellas regularmente como “palabras aladas”, lo cual sugiere fugacidad, poder y libertad»: las palabras vuelan, lo que constituye una manifestación poderosa del movimiento, y se elevan por encima del mundo burdo y «objetivo» al que designan.

Walter J. Ong. Oralidad y escritura: tecnologías de la palabra (Orality and Literacy. The Technologizing of the Word, 1982). México: Fondo de Cultura Econónica, 2004, 1ª ed., 6ª reimp.; 191 pp.; col. Sección de obras de lengua y estudios literarios; trad. de Angélica Scherp; ISBN: 968-16-2498-X.

Enviar Imprimir

publicidad   política de privacidad   aviso legal   desarrollo