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sábado, 27 de abril de 2013

Un grandioso fracaso


Después del personaje de Aleksey Valkovsky en Humillados y ofendidos, Dostoievski intenta reflejar de nuevo una bondad positiva, una inocente ingenuidad, en El idiota. En esta novela desigual, «la más personal de sus obras mayores», dice Joseph Frank, el autor puso de manifiesto sus convicciones más íntimas: intentó dar forma novelesca a su idea de que «sólo se puede simbolizar la bondad divina en la historia con la completa impotencia». Al príncipe Lev Nikoláyevich Myshkin, huérfano, le mandaron a Suiza cuando era un niño para ser tratado de la epilepsia que sufría. Regresa a San Petersburgo donde vive su única pariente viva, su prima lejana, la generala Lizaveta Yepanchina, a quien no conoce personalmente. Las relaciones de Mishkin con la familia de su prima dan lugar a que tenga un trato especial con su hija Aglaya, y con Nastasya Filippovna, la prometida de Gania, el secretario del marido de su prima, el general Yepanchin. Ambas mujeres son personalidades complejas, que contrastan con el modo de ser inocente hasta la simpleza de Myshkin.

Con este relato Dostoievski se propuso representar lo positivamente bello. En su opinión, «de las figuras bellas de la literatura cristiana, la más completa es la de Don Quijote. Pero sólo es bueno porque al mismo tiempo es ridículo. También es ridícula la figura del Pickwick de Dickens (concepción infinitamente menor a la de Don Quijote, pero, aún así, enorme), y esa es la única razón de que triunfe. La compasión hacia el hombre bello que es ridiculizado y que no tiene conciencia de su propio valor despierta la simpatía del lector. Y esta capacidad de despertar compasión es el secreto del humorismo. Jean Valjean [Los miserables] constituye otro poderoso intento, pero despierta la simpatía por causa de su terrible infortunio y de las injusticias que con él comete la sociedad. Pero no hay nada de esa índole en mi novela y por ello tengo un miedo terrible de que sea un auténtico fracaso».

En efecto, la novela como tal no es convincente para muchos lectores. En primer lugar, porque no lo es la figura de Myshkin, «un enigma inexplicable», «un personaje que trasciende las categorías de la experiencia moral-social mundana». En segundo lugar, a causa de las muchas digresiones de la historia con las que, sin embargo, el narrador pretende señalar las cualidades del príncipe que no lograba presentar en el hilo principal. Con todo, dice Frank, la forma grotesca de tratar algunos asuntos tiene un atractivo comparable a los efectos de las obras de Chagall, que retornan a formas anteriores ingenuas de arte popular para resucitar sentimientos de reverencia y maravillamiento. Además, la novela contiene algunas de las mejores escenas de toda la obra de Dostoievski, como la fiesta de cumpleaños de Nastasya, la cita en el parque de Myshkin y Aglaya, o el velatorio del cadáver de Nastasya.

Uno de los problemas que tiene Myshkin para ser un personaje convincente, al menos como figura de Jesucristo, es que, dice Romano Guardini, «estando en el plano en el que todo tiene sentido, debe moverse en este insensato mundo donde las pequeñas gentes se tienen por importantes. Y todo ello sin entender él mismo nada de cuanto le rodea. Sólo sabe que así debe ser». O, como él mismo afirma: «¿qué clase de idiota puedo ser ahora cuando yo mismo comprendo que me toman por idiota?». En cualquier caso, Dostoievski sí consigue con Myshkin crear, al menos en muchos momentos, un personaje que, por su veracidad indiferente a las consecuencias, acaba siendo el punto de referencia del obrar de los demás; alguien que parece venir de un lugar representado por lo que significan los niños y que tiene una clara conciencia de que las raíces de su vida están en otra parte. Por eso Nastasya, en quien el autor ha buscado recrear literariamente la figura de la pecadora del Evangelio, acaba despidiéndose de Myschkin con un «adiós, príncipe. Por primera vez en mi vida he visto a un hombre».

Fiódor Dostoievski. El idiota (Идиот, 1868). Madrid: Alianza, 2004, 3ª reimpr.; dos volúmenes, 865 pp.; col. El libro de bolsillo; introducción y trad. de Juan López-Morillas; ISBN: 84-206-3621-5.

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