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jueves, 2 de mayo de 2013

Culebrón adolescente


Después del éxito de Mi hermana vive en la repisa de la chimenea, la segunda novela de Annabel Pitcher, Nubes de Kétchup ha sido recibida con elogios y premios. La protagonista y narradora es una chica de quince años que se siente culpable de una muerte. Por eso, con el nombre fingido de Zoe, decide contar las cosas que le pasaron en el último curso, y desahogarse, mediante unas cartas a un condenado a muerte de Texas, pues una monja que fue a su colegio les habló del asunto de escribir cartas a esas personas. En definitiva, su relato se centra en sus relaciones amorosas con dos hermanos, uno de su curso y otro dos años mayor, al principio ignorantes cada uno de la relación del otro con ella, junto con la vida un tanto bronca en su casa (sus padres discuten mucho, su padre se queda en paro y la madre no quiere volver tampoco a trabajar, la hermana pequeña es sorda y necesita cuidados, el abuelo está muriéndose y su madre no quiere que sus hijas le vayan a ver...).

La narradora tiene gancho y consigue momentos buenos, aunque sea un tanto disparatado, y no sea un recurso convincente, lo de las cartas al recluso. El núcleo argumental no deja de ser un culebrón romántico con una oportuna muerte al final que deshace los conflictos. Las descripciones de los escarceos amorosos de Zoe con los chicos son detalladas, como es habitual en muchos libros juveniles sobre la cuestión (un recurso para cuando faltan recursos). Igual que otras novelas del momento (como El insólito peregrinaje de Harold Fry) el relato va dirigido a que la protagonista reconozca sus culpas y logre perdonarse a sí misma. De hecho, empieza señalando que «no es que yo crea en Dios, pero me fui a confesar para liberarme de la sensación de culpa» (cosa que al fin no hace, porque piensa que o bien el cura no habría hecho nada malo en su vida y no la entendería, o bien porque a lo mejor era «uno de esos curas que se meten con los niños, en cuyo caso lo sabría todo sobre el pecado, pero como no tenía forma de estar segura no me arriesgué»).

En relación a este último comentario y a otros en una dirección parecida, que a mí me resultan molestos y que son innecesarios, dos cuestiones. Una, que aunque tienen lógica si pensamos en que la narradora no tiene por qué ser tan precisa en relación a la religión cristiana como en relación a los pájaros (materia en la que es una experta), no tienen lógica narrativa pues no aportan nada y dejan dudas acerca de si la ignorancia de Zoe no será la de su creadora. Otra, que aunque tales comentarios no mejoran ni empeoran el relato como tal, ¿habría sido premiada la novela si Zoe hubiera dicho, por ejemplo, algo así: «como creo en Dios me fui a confesar y el cura me atendió amablemente aunque no me atreví a decirle toda la verdad»?

Annabel Pitcher. Nubes de kétchup (Ketchup Clouds, 2012). Madrid: Alevosía, 2013; 276 pp.; trad. de María Díaz; ISBN: 978-84-15608-39-4.

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