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jueves, 28 de noviembre de 2013

El momento adecuado


Jamie Ford, un escritor norteamericano de origen chino, debutó con El sabor prohibido del jengibre, una novela que, a pesar de sus defectos, tiene un gran atractivo y un interés particular. El atractivo está en que la narración consigue meter de lleno al lector en las emociones de un protagonista poco habitual (para lectores de nuestro ámbito), por su mentalidad y por los ambientes donde vive. El interés es que no se trata de un relato más sobre un niño que crece ni de un relato común entre los muchos que, directa o indirectamente, tratan sobre la segunda Guerra Mundial.

Seattle. La narración alterna capítulos que se desarrollan en 1986 unos, y en 1942 y los años siguientes los otros. Empieza cuando Henry Lee, norteamericano de origen chino, tiene cincuenta y seis años. Acaba de enviudar después de un matrimonio feliz y de unos últimos años duros debido a la enfermedad de su esposa Ethel; y tiene un hijo, Marty, recién licenciado, que no vive con él, y con el que tiene una relación algo distante. Sabemos que, en su barrio, alguien acaba de comprar el hotel Panamá, cerrado durante décadas, y que Henry desea mirar en los sótanos pues ha sabido que, en ellos, hay todavía pertenencias de algunas familias japonesas que fueron deportadas durante los años de la segunda Guerra Mundial; entre otros motivos, desea buscar allí porque es un gran coleccionista de discos antiguos de jazz y está persiguiendo uno muy concreto desde hace tiempo.

En esas circunstancias, los recuerdos de Henry van al año 42, cuando tenía doce años, y era el único alumno de origen chino de un colegio norteamericano en el que trabajaba también como ayudante de cocina. Los elementos que definían su vida entonces eran estos: unos matones de su clase le acosaban continuamente; tenía mucho trato con un saxofonista negro que tocaba en una esquina por la que pasaba cada día; y la comunicación con sus padres era escasa. Naturalmente, en todo influía la guerra en curso: su padre tenía una visión muy nacionalista y seguía mucho ciertos avatares de la guerra por odio a los japoneses; además, le insistía a Henry en que hablara sólo inglés y no cantonés, y en que llevara siempre un distintivo que decía “soy chino” para evitar problemas en las calles. En ese ambiente, las cosas cambian para Henry cuando Keiko Okabe, una chica de su edad, de nacionalidad norteamericana pero de padres japoneses, se incorpora a su colegio y se convierte en la otra ayudante de cocina.

Con esos puntos de partida el relato va desplegándose con calma pero con creciente intensidad aunque, también debido a la educación en la contención y en la cortesía de sus personajes principales, tenga un tono algo monocorde. La descripción ambiental de los barrios de Seattle que ocupan los chinos y los japoneses no es extensa pero basta para los propósitos de la narración. Algunos aspectos, sin mucha importancia, no encajan bien: es un anacronismo que Marty, el año 1986, sea el «encargado de la página web de la facultad de Físico-Química de la universidad de Seattle»; algunos momentos del relato, como las escenas de acoso de los matones del colegio a Henry, son un tanto estereotipados… En cambio, es magnífico el doble telón de fondo: el amor de Henry por el jazz frente al rechazo de su familia y, sobre todo, los acontecimientos que dejan ver la injusticia enorme que, por motivos de seguridad, se cometió con muchos japoneses asentados en Estados Unidos, y también con los nacionalizados desde hacía tiempo, después del ataque de Pearl Harbour.

El otro punto fuerte de la novela está en la presentación del mundo interior de Henry en ambas épocas: tanto el de los sentimientos que se corresponden a sus relaciones con sus padres y con Keiko y su familia, como los que surgen en la época actual al ir recordando su vida con Ethel y al ir viendo las carencias de su relación con Marty, y compararlas con las que tuvo él mismo con sus padres. Así, por ejemplo, el narrador indica cómo «el momento oportuno siempre lo era todo en la familia de Henry. Siempre había parecido que había un momento adecuado y otro erróneo para las conversaciones entre Henry y su propio padre. Quizá su hijo se sentía de la misma manera». O bien, otro comentario que da idea de su modo de ser, es el que hace cuando, al recordar lo sucedido en su relación con Keiko, señala que «tuve mi oportunidad, y algunas veces en la vida no hay una segunda. Miras lo que tienes, no lo que has perdido, y sigues adelante».

Jamie Ford. El sabor prohibido del jengibre (Hotel in the Corner of the Bitter and Swet, 2009). Barcelona: Duomo, 2010; 347 pp.; trad. de Alberto Coscarelli; ISBN: 978-84-92723-48-5.

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