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domingo, 26 de enero de 2014

La suerte de los Estados


Un episodio interesante de la biografía de Cicerón sucedió cuando, por consejo de Catón, decidió abandonar Roma porque sabía que se iba a dictar una ley que lo exiliaría.

«En el momento de dejar la Ciudad, Cicerón había subido al Capitolio, donde había consagrado, en el tiempo de Júpiter, una estatua de Minerva que le era particularmente preciada. Lo había hecho porque, para él, Minerva era la que podía salvar a Roma, era la “guardiana de la ciudad”. Un símbolo cuyo significado deja ver un aspecto del pensamiento político pero también religioso de Cicerón. Roma, abandonada en manos de la tiranía, iba a entrar en el ciclo fatal descrito por los filósofos, el equilibrio de la Ciudad se había roto. Sólo el espíritu de sabiduría, que es el de Minerva, momentáneamente olvidado, podría restablecerlo. Era como una última plegaria a los dioses, que formulaba en aquel santuario del Capitolio en el que residía Júpiter, garante del Imperio, el que inviste a los cónsules y recibe a los triunfadores. El Capitolio es el centro del poder: ¡que la presencia de Minerva conserve la moderación y la sabiduría a quienes lo ejerzan! No podemos pensar que ese gesto piadoso de Cicerón es un acto de religión política, uno de esos ritos que los magistrados celebraban, sin creer demasiado en ellos, para satisfacción del pueblo. ¿Gesto teatral? Tal vez, pero ¿acaso no hay algo de teatral cada vez que un hombre, sabiéndose blanco de todas las miradas, es consciente de que lo que hace será entendido como un mensaje? Gesto que revela una fe, si no absolutamente ingenua en el poder de las divinidades, sí al menos en las fuerzas, más que humanas, de las que depende la suerte de los Estados, y que deben inspirar el pensamiento de los señores de la Ciudad».

Pierre Grimal. Cicerón (Cicéron, 1986). Madrid: Gredos, 2013; 495 pp.; trad. de Ana Escartín; ISBN: 978-84-249-1113-3.

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