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jueves, 17 de abril de 2014

Obituarios en la prensa


Se suele decir que uno de los mejores artículos de Gay Talese, contenido en Retratos y encuentros, es «Frank Sinatra está resfriado». Es bueno, sí, pero no es el que representa mejor el estilo que Talese reclama como propio y el que afirma que le gusta más: el de hablar de los perdedores o de la gente que desempeña trabajos ocultos o menos reconocidos. En esta dirección, del mismo libro yo escogería «Dos malas noticias», un artículo gracioso centrado sobre todo en un redactor de obituarios llamado Alden Whitman, pero que, de paso, menciona rasgos propios de quienes hacen ese trabajo en los periódicos.

Así, habla del «astigmatismo ocupacional que aqueja a muchos redactores de obituarios», que les hace pensar que «si han escrito o leído por anticipado la necrológica de alguien, acaban por pensar que dicha persona murió también por anticipado»; o que, «después de escribir una muy buena necrológica anticipada, su orgullo de autor es tanto que no ve la hora de que esa persona caiga muerta para poder contemplar su obra maestra en letras de molde». Más adelante indica que lo anterior puede deberse a que hubo una época en la que «los editores no les pagaban a sus escritores de necrológicas, contratados con frecuencia a destajo, hasta que el sujeto del óbito no hubiera fallecido; o, como solían formularlo en esos tiempos, no hubiera “entregado el alma”, “pasado a mejor vida” o “dejado este mundo”». Incluso sucedía de vez en cuando, sigue, que «durante la espera, en Noticias Locales hacían la que ellos llamaban una porra macabra, en la que cada cual ponía cinco o diez dólares y le apostaba a la persona de la lista de necrológicas anticipadas que creía que iba a morir primero».

En el texto Talese comenta el trabajo del señor De Vaulchier, un bibliotecario investigador jubilado que fue una especie de lector profesional e las páginas de obituarios de los diarios del área metropolitana de Nueva York, que concluyó que «si se ha de creer únicamente lo que sale en el Times, entonces los individuos con la más alta tasa de mortalidad son los presidentes de juntas directivas»; y señala que, en ese mismo periódico, «los almirantes suelen ser objeto de necrológicas más largas que los generales, que a los arquitectos les va mejor que a los ingenieros, que a los pintores les va mejor que a los demás artistas y que siempre parecen morirse en Woodstock, Nueva York. Las mujeres y los negros casi nunca parece que se mueran».

Gay Talese. Retratos y encuentros (Portrais and Encounters, artículos escritos entre 1961 y 2003). Madrid: Alfaguara, 2010; 348 pp.; trad. de Carlos José Restrepo; ISBN: 978-84-204-0602-2.

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