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domingo, 27 de abril de 2014

La narración de las batallas (1)


Después de las notas que dediqué al libro de Jacqueline de Romilly sobre Tucídides, traigo ahora varias acerca de El rostro de la batalla, de John Keegan, un libro clásico, de 1976, dentro de la historiografía militar.

Contiene cinco capítulos: uno introductorio acerca de la forma propia de los historiadores de hablar de las batallas; tres más sobre Agincourt, Waterloo y El Somme, como batallas representativas de las que usaban armas blancas, armas de proyectiles y armas de proyectiles múltiples; y un capítulo final titulado «El futuro de la batalla». El autor se propone, según indica, «recuperar el concepto de “pieza de batalla” y sugerir otros caminos posibles, lejos de los estereotipos por los que —debido a la costumbre y a la imitación irreflexiva— ha venido transitando durante tanto tiempo».

Da idea de su enfoque la respuesta que se da a sí mismo cuando se pregunta: «¿Qué tienen en común todas las batallas?». Y se responde: «No se trata de algo “estratégico”, ni “táctico”, ni material, ni técnico. No es algo que revele ningún mapa coloreado, ni ninguna colección de estadísticas comparativas de fuerzas y de bajas, ni siquiera ninguna lectura paralela de los clásicos militares (…). Lo que las batallas tienen en común es humano: el comportamiento de hombres que tratan de reconciliar su instinto de autoconservación, su sentido del honor y el logro de un objetivo por el que otros hombres están dispuestos a matarle. Por lo tanto, el estudio de la batalla es siempre un estudio del temor y generalmente del valor; siempre del mando, generalmente de la obediencia; siempre de la obligación, a veces de la indisciplina; siempre de la ansiedad, a veces del júbilo y la catarsis; siempre de la duda, la incertidumbre, la falta de información y el error, generalmente también de la fe y a veces de la visión; siempre de la violencia, a veces también de la crueldad, el autosacrificio, la compasión; y, por encima de todo, es siempre un estudio de la solidaridad y generalmente también de la desintegración: porque la batalla está orientada a la desintegración de grupos humanos. Pero no es sólo un estudio para el sociólogo o el psicólogo; quizá, esa es la verdad, no debería ser un estudio adecuado para ninguno de los dos. Porque los grupos humanos en la batalla, así como la calidad y la fuente de la tensión que sufren, han sido extraídos de la vida (…). Las batallas pertenecen a momentos definidos de la historia, a las sociedades que preparan los ejércitos que las llevan a cabo, a las economías y a las tecnologías que sostienen a esas sociedades. La batalla es un sujeto histórico, cuya naturaleza y evolución sólo pueden entenderse por medio de una amplia perspectiva histórica».

John Keegan. El rostro de la batalla (The Face of Battle. A Study of Agincourt, Waterloo and the Somme, 1976). Madrid: Turner, 2013; 380 pp.; col. Noema; trad. de Juan Narro Romero; ISBN: 978-84-15832-11-9.


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