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viernes, 25 de abril de 2014

Extrañas puertas traseras


Hace unos días algunos medios publicaron una reseña mía de El jilguero, de Donna Tartt. Publico aquí ese mismo comentario, algo ampliado, y más adelante daré dos razones, que tienen que ver con la clase de lector que soy, para explicar algo más por qué me ha parecido una obra grandiosa.

Novela muy larga, con numerosas referencias literarias y artísticas. Igual que las dos novelas anteriores de la escritora —El secreto (1992), un homicidio turbio en un campus universitario, y Un juego de niños (2002), una niña de doce años que investiga el ahorcamiento de su hermano cuando ella era pequeña— también esta tiene un lenguaje muy cuidado y una gran calidad narrativa. Pero si con aquellas obras el lector podía pensar que no merecía la pena invertir tanto tiempo de lectura como pedían, con esta novela no es así: quienes la lean con atención y, eso sí, soporten los pormenores de la caída en los infiernos del héroe —alcohol, drogas, sexo, robo—, encontrarán una historia rica y bien construida, y tendrán como recompensa un poderoso e infrecuente desenlace.

El narrador y protagonista se llama Theodore Decker, y es un superviviente de un atentado en el museo metropolitano de arte de Nueva York, en el que falleció su madre, cuando tenía doce años. Sin saber bien por qué, Theo huyó del lugar llevándose una pequeña pintura holandesa: El jilguero, de Carel Fabritius, un discípulo de Rembrandt. Luego, Theo pasó unos meses en casa de Andy, un compañero de colegio de la alta sociedad neoyorquina, y entró en contacto con Hobie, un restaurador de muebles antiguos, y una chica llamada Pippa, también víctima del atentado. Cuando el padre de Theo, alcohólico y jugador, que les había dejado a él y a su madre años atrás, reaparece con su novia, drogadicta, y lo reclama, debe irse con él a Las Vegas. Allí conoce a Boris, un chico ruso, que será su compañero en todo tipo de excesos. Después de que muera su padre, Theo vuelve a Nueva York, donde se aloja con Hobie y, años después, termina llevando la parte comercial de su negocio. Antes de su boda con la hermana pequeña de su antiguo amigo Andy, fallecido, aparece un chantajista que conoce las estafas que ha hecho Theo, y reaparece Boris al frente de una banda que trafica con drogas y obras de arte. Theo termina yendo a Amsterdam arrastrado por Boris para resolver los problemas que le causa el cuadro de Fabritius: está obsesionado con él y, a lo largo de los años, lo ha ido escondiendo en distintos sitios y ha ido creciendo su fundado temor a que lo descubran.

La escritora ha dicho muchas veces que sus principales referencias literarias son Dickens y Stevenson. Y, en efecto, su novela es dickensiana por su melodramatismo, su extensión, la esperanza que deja en el lector y, sobre todo, por los muchos y bien perfilados secundarios: en especial, el asombroso Boris y el afable Hobie, pero también otros que desempeñan un papel menor como el superdotado Andy o su altiva madre, la señora Barbour. También es stevensoniana por la construcción medida de frases y párrafos, así como por la precisión descriptiva, sea de toda clase de drogas y de su forma de consumo, sea de muebles antiguos y de sus técnicas de restauración o de falsificación. Además, si la segunda novela de Tartt fue criticada por sus problemas estructurales —el desarrollo y el desenlace no parecían estar bien conectados— no puede decirse lo mismo esta vez: incluso aquellas cosas que se le podrían reprochar tienen, al final, una buena justificación.

Entre las no pocas referencias literarias explícitas tal vez la más destacada sea El idiota, de Dostoievski. Boris, un tipo que podría estar en cualquier relato del autor ruso o de Flannery O’Connor, recuerda su lectura de aquella novela y señala cuánto lo alteró leer que toda la bondad del príncipe Mishkin sólo sirvió para provocar una catástrofe. De ahí concluía que «si a veces se obtiene el mal de las buenas acciones» tampoco está claro que de las malas acciones sólo se obtenga el mal, que a veces puedes hacerlo todo mal y aun así salen las cosas bien: por tanto, dice, nunca se decidió a trazar una línea firme entre el «bien» y el «mal» pues nunca están desconectados uno del otro. Más adelante será Hobie quien apunte que «la coincidencia es la manera que tiene Dios de permanecer anónimo» y que tal vez por eso sean los jugadores los que mejor entienden las cosas: «¿No merece todo una apuesta? ¿No sale a veces el bien de alguna extraña puerta trasera?».

Pero Dostoievksi está presente, sobre todo, en que El jilguero vuelve a su idea de con qué facilidad una belleza falsa sustituye a la verdadera belleza y puede hablar engañosamente al hombre. Pues bien, tanto la capacidad del arte para llevarnos a la belleza y a la verdad, como sus poderes de seducción y la facilidad con la que nos mentimos a nosotros mismos, se representan en el apego fetichista de Theo al cuadro de Fabritius. A ese cuadro un personaje lo describe como «una réplica maestra a toda la idea del trampantojo»: una broma, como las de todos los grandes maestros, «Rembrandt, Velázquez. Lo último de Tiziano. Construyen la ilusión, el truco…, pero te acercas un poco más y se desintegra en pinceladas. Abstracto, como de otro mundo. Una clase de belleza totalmente diferente y mucho más profunda. Es y no es».

Se lo explica Hobie a Theo más adelante: «¡Idolatría! Amar tanto los objetos puede acabar destruyéndote. (…) ¿Y no es (…) el propósito de los objetos, de las cosas hermosas, ponerte en contacto con una belleza más grande? Esas primeras imágenes que te abren de par en par el corazón y te pasas el resto de tu vida persiguiéndolas o intentando capturarlas de nuevo, de un modo u otro». No amamos las obras de arte por razones de tipo intelectual del tipo que sea, sigue Hobie: «Esa no es la razón por la que alguien ama una obra de arte. Es un susurro secreto desde un callejón: “Pss. Eh, chico. Sí, tú”». Y de lo que se trata, dirá Theo luego, es de reconocer «esa grandeza en el mundo pero no del mundo, una grandeza que el mundo no entiende. Ese primer destello de pura otredad en cuya presencia floreces una y otra vez».

Además, la novela enlaza con otras grandes novelas norteamericanas —Huck Finn, El guardián entre el centeno…— donde vemos chicos que tienen problemas graves debido a sus padres: de los personajes de cuyo pasado se nos habla en El jilguero ninguno tuvo una infancia pacífica y un padre y una madre que se llevasen bien y que viviesen de verdad pendientes de sus hijos. Las secuelas que les dejó el atentado a Theo y a Pippa, se dice implícitamente, son ínfimas comparadas con las que les dejaron unos padres irresponsables, tantas veces violentos y alcohólicos. Seguramente también a esto, y no sólo a la idolatría por el arte, se refería la autora cuando decía, en una entrevista reciente, que su novela comenzó con un estado mental: el pensamiento de que vivimos en una atmósfera de corrupción, de que «algo va mal en un lugar tan elegante como Park Avenue, algo que une oscuramente a Ámsterdam y Nueva York».

La novela identifica también uno de los orígenes de esa corrupción de la sociedad cuando señala que hoy se lanza «un mensaje curiosamente inalterable» cuando alguien se plantea qué debe hacer: «Todos los psiquiatras, todos los orientadores de profesión y todas las princesas de Disney saben la respuesta: “Sé tú mismo”. “Haz lo que te diga el corazón”». Ahora bien, continúa Theo, «lo que quisiera que alguien me explicara es lo siguiente: ¿qué pasa si da la casualidad de que tienes un corazón que no es de fiar? ¿Y si el corazón, por sus propios motivos insondables (…), te lleva directo a un bonito espectáculo de ruina, autoinmolación y catástrofe?». Unas preguntas a las que Theo dará su respuesta en las extraordinarias últimas páginas de su relato.

Donna Tartt. El jilguero (The Goldfinch, 2013). Barcelona: Lumen, 2014; 1148 pp.; trad. de Aurora Echevarría; ISBN: 978-84-264-2243-9. [Vista del libro en amazon.es]

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