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domingo, 21 de diciembre de 2014

Personajes memorables


Después del libro sobre el estallido de la primera Guerra Mundial busqué París, 1919. Seis meses que cambiaron el mundo, otra obra extensa de Margaret MacMillan escrita hace más de una década. También la leí con interés y rapidez y debo decir que me gustó más. Tal vez el motivo para esto sea que se centra en explicar los modos de ser y actuar de los negociadores de los acuerdos posteriores a la Guerra y, en ese trabajo de perfilar a los protagonistas de la historia, la autora es verdaderamente magistral. Además, son magníficas las pinceladas que da de otros personajes que, a primera vista, se podrían llamar menores.

Por ejemplo, son memorables algunas anécdotas y dichos de Churchill. Así, en un discurso electoral de 1918 decía que «los bolcheviques brincan y retozan como grupos de feroces babuinos en medio de las ruinas de las ciudades y de los cadáveres de sus víctimas»; o, en otra ocasión, señalaba que «los Balcanes producen más historia de la que pueden consumir». O son más que interesantes figuras como Nikola Pasic, que fuera jefe del Gobierno Serbio y encabezaba la delegación serbia, de quien se dice que «cuando hablaba en público, cosa que no era frecuente, lo hacía con lentitud y deliberación (…) Quizá debido a esto, tenía fama de ser muy sabio». O la reina María de Rumania, de la que se afirma que «el motivo de su viaje a París fue tanto ir de compras como conseguir algo para su país». O un joven Keynes, que fue a la Conferencia de Paz en calidad de principal asesor del Tesoro, y del que se señala que «su pertenencia al círculo de Bloomsbury no hizo más que intensificar su propensión a la superioridad moral. Era un subordinado aterrador porque nunca se tomaba la molestia de ocultar el desprecio que le inspiraban prácticamente todos sus superiores».

La ecuanimidad de la historiadora se pone de manifiesto, por ejemplo, cuando en uno de sus párrafos finales dice: «Los negociadores de 1919 cometieron errores, desde luego. La indiferencia que mostraron ante el mundo no europeo despertó resentimientos cuyas consecuencias Occidente sigue pagando hoy día. (…) [Pero,] aunque hubieran podido hacer las cosas mejor, no cabe duda de que también hubiesen podido hacerlas mucho peor. Intentaron —incluso el viejo y cínico Clemenceau— construir un orden mejor. No podrían prever el futuro y, huelga decirlo, tampoco podían controlarlo. Eso quedó para sus sucesores. La guerra que estalló en 1939 fue el resultado de veinte años de decisiones que se tomaron o no se tomaron, pero no de los acuerdos de 1919».

Margaret MacMillan. París, 1919. Seis meses que cambiaron el mundo (Peacemakers. The Paris Conference of 1919 and Its Attemp to End War, 2001). Barcelona: Tusquets, 2005; pp.; col. Tiempo de memoria; trad. de Jordi Beltrán Ferrer; ISBN: 84-8310-438-5. [Vista del libro en amazon.es]

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