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viernes, 23 de enero de 2015

Ligereza irónica


Matemos al tío,
de Rohan O’Grady, es una novela que tuvo éxito cuando se publicó, que luego ha estado treinta años olvidada, y que últimamente ha vuelto a ser editada con renovados elogios. Es un relato que coincide con Huracán en Jamaica, de Richard Hughes, en que ambas hablan de niños que se comportan de un modo inocentemente cruel, y con La noche del cazador, de Davis Grubb, en que hay un psicópata que persigue a la pareja de niños con saña.

A una pequeña isla canadiense llegan dos niños de diez años a pasar unos meses. Uno es Barnaby Gaunt, huérfano y futuro heredero de una gran fortuna, que se alojará con los señores Brooks a la espera de que llegue su tío y tutor. La otra es Christie MacNab, que vivirá con la señora Nielsen, la cabrera, una conocida de su madre. Ambos son los únicos niños de la isla. Al principio no se llevan nada bien entre sí y causan terror en los vecinos con sus travesuras pero las cosas cambian poco a poco. Cumple un importante papel el único policía montado de la isla, Arthur Coulter, un hombre serio y reflexivo. El núcleo de la historia está en que Barnaby sabe que su tío quiere matarlo pero nadie le cree salvo Christie que, una vez que se hace cargo del asunto, tiene clara la única opción que les queda: «tendremos que asesinarlo a él primero».

Si leemos seriamente la novela le podríamos reprochar algunas cosas: son casi un cambio de género los párrafos en los que se presentan los pensamientos de un personaje que será decisivo: el viejo puma Una Oreja; no aportan mucho las cartas de amor del sargento Coulter aunque sirvan para poner de manifiesto parte de sus pensamientos; el tío psicópata es un personaje que, para el lector, no resulta demasiado inquietante. Sin embargo, si leemos la historia sin demasiadas exigencias vemos que son atractivos los retratos de los niños y del sargento Coulter, así como el de los demás vecinos, y quedaremos atrapados por la ligereza irónica con que se cuentan algunas cosas. Así, el narrador indica que «a los niños les encantaba la pequeña iglesia: era un lugar agradable y apacible, perfecto para planear un crimen»; o señala que sí, «era muy sencillo decidirse a cometer un asesinato, pero muy distinto y mucho más complicado era planificar su ejecución».

En la contracubierta se habla de que estamos ante una lectura «deliciosamente perversa», típico comentario desacertado: la perversidad no es nunca deliciosa, se mire por donde se mire, salvo para el psicópata. Puestos a buscar alguna perversidad en la lectura no sería la de los niños, aunque a veces sean crueles de modo inocente, o no tan inocente, sino la del narrador y la del lector: la del primero cuando conduce irremediablemente al lector, y la de este cuando se deja conducir de buen grado, a desear que los niños se salgan con la suya, terminen de una vez con el tío y, además, que consigan hacerlo sin que nadie lo sepa.

Rohan O’Grady. Matemos al tío (Let’s Kill Uncle, 1964). Madrid: Impedimenta, 2014; 316 pp.; trad. de Raquel Vicedo; ISBN: 978-84-15979-11-1. [
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