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Nota: 'Pinturas como el mutágeno' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 5 de febrero de 2015

Pinturas como el mutágeno


A cuadros,
la segunda novela que publicó Frank Cottrell Boyce, no es un libro redondo —algunos episodios y el desenlace son un tanto forzados—, pero es un libro magnífico, inteligente y divertido, algo a lo que contribuye no poco la buena traducción.

Su narrador y principal protagonista es Dylan Hughes, nueve años, el único chico que queda en Manod, el municipio galés con el índice de delincuencia más bajo del Reino Unido (tal vez porque llueve muchísimo, dice un personaje: interesante cuestión que las estadísticas nunca contemplarán). Dylan es bondadoso, más ingenuo de la cuenta, y lo sabe todo de coches: su familia tiene una gasolinera y, por encargo de su padre, lleva un diario de los coches que pasan por ella. El negocio pasa por dificultades económicas y, un día, su padre se va, no se sabe por qué, dejándolos sólos a él, a su madre, a su adolescente y mañosa hermana mayor Marie, y a su delincuente y lista hermana pequeña Minnie. La vida para ellos cambia cuando, a consecuencia de unas inundaciones en Londres, la National Gallery evacúa sus cuadros a una vieja mina abandonada de Manod (un suceso inspirado en algo sucedido durante la segunda Guerra Mundial). El experto que dirige la operación, Lester, se maravilla cuando ve que Dylan tiene unos pollos llamados Miguel Ángel y Donatello, y piensa que tiene delante a una persona capaz de apreciar el arte, pero no sabe que los ha llamado así no por admiración hacia los pintores sino debido a su entusiasmo por las Tortugas Ninja.

Dylan es un narrador gracioso como pocos y entre sus peculiaridades está que da siempre datos de los coches que menciona, en algún caso con mucho detalle. Uno de los ejemplos más sobresalientes es el del «Astra Estate 1.9 (sorprendente velocidad máxima: 207 kilómetros por hora). Por si no lo sabéis, es un diesel, pero no os dejéis engañar por eso. Tiene unos faros de lo más chulos, luneta trasera ahumada y llantas de aleación. También tiene control electrónico de estabilidad ESP, sistema antibloqueo de frenado ABS y control continuo de amortiguación CDC. Y además, sistema de conducción interactivo IDS, asistencia para arranque en pendiente HSA, sistema de control de subviraje UCL y sistema de detección de deflación DDS. El HSA quiere decir Hill Start Assist (o sea, “asistencia para arrancar en colinas”), y significa que tienes más tiempo para alcanzar el acelerador una vez has quitado el pie del pedal de freno, lo que es muy útil si estás subiendo el monte Manod. Y el DDS te dice si las ruedas están perdiendo aire».

Uno de los temas básicos del libro es la capacidad de las grandes pinturas para provocar transformaciones inesperadas en quienes las contemplan. Cada vez que, por distintos motivos, Lester enseña una, siempre hay algún habitante del pueblo cuya vida da un pequeño vuelco. Como muchas otras cosas, esto Dylan lo interpreta a la luz de las referencias que tiene: «a lo mejor las pinturas no eran simples pinturas. Manod había cambiado un montón desde que habían llegado. Quizá las pinturas eran como el mutágeno y estaban transformando el pueblo. ¡Quizá vivíamos en Manod Ninja!».

Del mismo modo interpreta la importancia que tiene la unidad familar: «una lección más de las Tortugas, o sea: cada Tortuga por separado es buena, pero todas juntas forman un equipo y son imbatibles. Como dice Astilla en la peli Las Tortugas Ninja Mutantes Adolescentes: “No hay nada que vuestras cuatro mentes no puedan llevar a cabo juntas; apoyaos mutuamente, y recordad siempre la verdadera fuerza que os une”». O explica ciertos cambios que se van produciendo a su alrededor: «Una oruga no sabe que va a ser una mariposa. Un renacuajo no sabe que va a ser una rana. Y cuando echaron a esas tortugas por el retrete, tampoco ellas sabían que iban a convertirse en Héroes Ninja… ni en mutantes siquiera».

Luego, hay conversaciones que no tienen desperdicio. Así, Dylan charla con su compañera, la Fiera Evans, sobre las tortugas Ninja. Dice Evans:
«—Una rata mascota. Se supone que aprendió artes marciales copiando los ejercicios de su amo. ¿No te parece demencial?
—Bueno, es algo disparatado, pero también lo son cuatro Tortugas Ninja que comen pizza, si lo piensas un poco.
—Ya, pero no es creíble, ¿o sí? ¿No crees que un ser humano que se convierte en rata es mucho más verosímil?
—Bueno, es posible».

Frank Cottrel Boyce. A cuadros (Framed, 2005). Madrid: SM, 2014; 306 pp.; col. El Barco de Vapor; trad. de Miguel Azaola; ISBN: 978-84-675-7408-1. [Vista del libro en amazon.es]

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