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viernes, 10 de abril de 2015

Viajes stevensonianos (1)


En semanas sucesivas voy a ir poniendo comentarios y reseñas sobre distintos libros de Stevenson. Como hace poco se ha publicado Viajar. Ensayos sobre viajes empiezo por los artículos y libros de viajes, que dan mucha idea de, por un lado, su talante humano y, por otro, de su continuo esfuerzo por convertirlo todo en escritura, y en escritura de calidad.

En ellos se ve bien su espíritu observador, su interés en conocer a toda clase de personas, su sentido positivo ante los inconvenientes, su afabilidad y amabilidad en el trato sin distinción de clases… También se aprecia la precisión de su escritura, su capacidad para la descripción justa y para el dibujo de personajes de muy distinto tipo, su sentido de la oportunidad para contar una anécdota, etc. Y no faltan observaciones apropiadas de carácter permanente, como la de que «el turismo es el arte de la decepción» (Los colonos de Silverado).

Además, dejan ver también parte de su vida pasada, su mundo interior y sus preocupaciones. Así, en Notas sobre Edimburgo, señala lo sórdido y deprimente que es el invierno en Edimburgo (igual que en El emigrante amateur dirá que «hay una cosa que no se aprende en Escocia: la manera de ser feliz»). En Fontainebleau. Comunidades de pintores, dice que hay algo en el aire mismo de Francia que transmite amor por el estilo y apunta cómo, en París, el arte parece estar vivo.

En El emigrante amateur afirma que «la charla de un obrero suele ser más interesante que la de un comerciante adinerado, porque sus ideas, esperanzas y miedos, aquellos de los que se compone su vida, están más cerca de la naturaleza y la necesidad. Son más inmediatos, su relación más estrecha con la existencia humana. Calcular los ingresos de una semana es algo mucho más humano que calcular los de todo un año, y una renta exigua, aunque sólo sea por su escasez, es más humana que una abundante».

En A través de las praderas, al describir la situación de los indios norteamericanos escribe: «me avergoncé enormemente de lo que llamamos civilización. Deberíamos, al menos, sentir cierto cargo de conciencia por el mal comportamiento de nuestros antecesores, ya que continuamos sacando provecho de la situación».

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