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sábado, 6 de junio de 2015

Poesía stevensoniana (2)


Hubo un momento en la vida de Stevenson, en los años finales de su primera estancia en Estados Unidos, en el que, de un modo un tanto desafiante frente a modos de actuar y de vivir que veía en su entorno, decidió cambiar sus obras de orientación y volver al mundo feliz de su infancia. En esa época escribió sus obras juveniles y de aventuras más destacadas y, también, Jardín de versos para niños, su primer libro de poemas, que dedicó a la que fuera su niñera. Hoy se considera uno de los libros clásicos de poesías para niños por más que, según cuenta en sus memorias su hijastro Lloyd Osbourne, la actitud de Stevenson hacia él era de indulgente indiferencia: consideraba que los poemas tenían encanto, sí, pero que eran insignificantes.

Sin embargo, en ellos brilla una cualidad que, según el primer biógrafo de Stevenson, su primo Graham Balfour, Stevenson poseía en grado muy alto: la de recordar su niñez —«aquella fue mi edad de oro», decía— con extraordinaria viveza, «como es dado hacerlo a muy pocos hombres y mujeres adultos». Pero esto también quiere decir otra cosa que señaló Chesterton en el ensayo biográfico que le dedicó: algunos de los poemas de Stevenson no están pensados y construidos para complacer a los niños sino, más bien, para complacer, en el mejor de los casos, a quienes quieren a los niños y, en el peor, para satisfacer a los entusiastas de los experimentos educativos.

Hay poemas de ese libro, seguía Chesterton, ante los que ningún niño puede sonreír. En todo caso fue el poeta quien sonrió al niño, que es algo muy distinto y, a su modo, también hermoso. Stevenson, por tanto, también contribuyó al nacimiento de esa literatura que llamamos infantil pero cuya finalidad, legítima e incluso honorable, es la de educar a los adultos en el aprecio de los niños. Pero, si es una cosa excelente enseñar a los hombres y mujeres a que disfruten de los niños, eso es una cosa totalmente diferente de hacer que los niños disfruten.

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