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sábado, 11 de julio de 2015

Conocer a Stevenson (4)


Tiempo atrás comenté la biografía de Stevenson escrita por Chesterton. Vuelvo ahora, en dos notas, a las penetrantes observaciones que figuran en ella y que ponen como un marco explicativo al interés y el atractivo que tiene la obra de Stevenson. Allí decía cómo, tal vez pensando en sus propias experiencias personales, Chesterton explica el modo de ser de Stevenson a partir, primero, del hecho psicológico, comprobado por muchos testimonios, «de que el niño experimenta goces que resplandecen como joyas en el recuerdo»; y, después, como consecuencia de la necesidad que sentía de huir del asfixiante cinismo de muchos hombres y artistas de su tiempo pues se veía como «un preso mientras se le conducía encadenado de la cárcel del puritanismo a la cárcel del pesimismo».

Stevenson, como vio que «ni su nación ni su religión ni su irreligión» le servían, decidió volver «al jardín de la infancia que había conocido un tiempo y que era la idea más aproximada que tenía del Paraíso». Como «un hombre obsesionado por una canción, que anda siempre buscando las notas de una olvidada melodía», y que se da cuenta de sólo los niños la oyen bien, la única respuesta que supo dar a la pregunta «¿puede un hombre ser feliz?» fue la de que «sí, antes de que llegue a ser hombre». Así pues, Stevenson «tuvo la espléndida y resonante sinceridad de dar testimonio, con una voz que parecía una trompeta, de una verdad que no comprendía»: señaló poéticamente que lo que los hombres buscan, en realidad, «es siempre lo mismo: este niño perdido que son ellos mismos, perdido en los profundos jardines al anochecer».

Desde ahí Chesterton concluye que la lección de la vida de Stevenson —que al fin y al cabo es un volver a recordar que la felicidad del cielo sólo la logran quienes se hacen como niños—, «sólo se verá cuando el tiempo haya revelado el pleno sentido de nuestras tendencias actuales; creo que será vista de lejos como un vasto plano o laberinto trazado sobre la ladera de una montaña; trazado, tal vez, por uno que ni siquiera veía el plano mientras trazaba los caminos». Y, efectivamente, esa moraleja que sigue vigente, que «se relaciona con el futuro de la cultura europea y con la esperanza que ha de guiar a nuestros hijos», es la necesidad de volver a la infancia para rehacer los caminos mal andados y reaprender a gozar con una visión romántica y aventurera de la vida. El talento poético de Stevenson está en habernos hecho comprender qué grandes eran aquellas emociones que sentimos cuando éramos niños y qué necesarias siguen siendo cuando hemos crecido.

G. K. Chesterton. Robert Louis Stevenson (1927), en Obras completas, tomo IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; col. Los clásicos del siglo XX; trad. de P. Romera. Nueva edición en Valencia: Pre-Textos, y Madrid: Fundación Once, 2001; 148 pp.; col. Letras diferentes; trad. de Aquilino Duque; ISBN: 84-8191-397-9. Edición en la red, en inglés.

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