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Nota: 'Escrúpulos anticuados' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 15 de agosto de 2015

Escrúpulos anticuados


El dinamitero es una novela de Stevenson que se puede considerar una secuela de la primera parte de Las nuevas mil y una noches pues el héroe de los relatos de aquel libro aparece de nuevo aquí. Sin embargo, el conjunto es algo confuso y no tiene ni de lejos la cohesión que tenía El Club de los Suicidas pues esta vez son varios amigos lanzados a distintas aventuras y Florizel no deja de ser una figura un tanto decorativa en el comienzo y en el final.

En Londres, hacia 1880, tres hombres un tanto aburridos deciden emprender cada uno su aventura. Uno ha de lidiar con unos mormones vengativos de Utah, otro con unos practicantes de vudú cubanos, y otro con un líder anarquista llamado Cero. Además, una misteriosa mujer va reapareciendo en distintos lugares y momentos. Uno de los personajes, llamado Somerset, dice al principio que, con sus hazañas, tratarán «de poner de manifiesto nuestros méritos, nuestros modales mundanos, el dominio de nuestra palabra, nuestros amplios conocimientos, todo, en definitiva, lo que hace e integra al detective», «la única profesión que cuadra a un caballero».

En la confección del libro colaboró la esposa de Stevenson, Fanny Van de Grift, del mismo modo que años más tarde lo haría en otras novelas su hijo, Lloyd Osbourne. Ella dio ideas para la trama e imaginó situaciones y, según parece, dos de los episodios son suyos. En cualquier caso, fue Stevenson quien finalizó la obra y quien situó su trama en una ciudad amenazante, como el Londres (o más bien Edimburgo) donde vivirán Jekyll y Hyde; o como el Londres de Sherlock Holmes, o Dorian Gray, o El agente secreto de Joseph Conrad.

Un fallo serio que señala Chesterton y que cualquiera detecta es que cuando un libro es, como este, una especie de amable pesadilla con aires ridículos, resulta fallido si en él se intenta criticar a unos agitadores anarquistas que matan a gente arriesgando sus propias vidas. Sin embargo, Chesterton también elogió este relato en algunos de sus artículos, cosa que podemos comprender, por ejemplo, al leer lo que Cero, el jefe anarquista, le dice a quien manifiesta sus reticencias: «¿Es posible, mi querido Somerset, que se deje llevar por esos escrúpulos anticuados, que juzgue usted a un patriota con la moralidad de un fanático religioso? Lo creía un buen agnóstico».

La cuestión, afirma el narrador, es que Somerset «había elegido los caminos anchos, libres y luminosos del escepticismo y reconocía que era aún esclavo del honor. Había aceptado la vida desde el punto de vista del águila, aunque sin ningún propósito de rapiña; había comprendido claramente la base moral que es común a la guerra, la competencia comercial y el delito; había estado dispuesto a ayudar al asesino que huye y al ladrón impenitente, y ahora su lógica caía en ruinas pues descubría sus objeciones al uso de la dinamita. La mañana se deslizó entre las villas dormidas y sobre la enorme ciudad, aún no cubierta de humo, y el desdichado escéptico seguía llorando por la pérdida de su coherencia.

Al cabo se puso en pie y dijo, tomando por testigo al sol naciente: “En cuanto al fondo, no hay ninguna duda: el bien y el mal no pasan de ser ficciones, sombras de palabras; pero, a pesar de todo, hay cosas que no puedo hacer y otras que no puedo tolerar”».

Robert Louis Stevenson. El dinamitero (The Dynamiter, 1885). Madrid: Alianza, 1987; 237 pp.; col. El Libro de Bolsillo; trad. de Luis Loayza; ISBN: 84-206-0242-6.


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