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domingo, 20 de septiembre de 2015

Un hombre para la eternidad


En Libros para la rebelión me referí, brevemente, a la obra de Robert Bolt titulada Un hombre para la eternidad, que tuvo una primera versión radiofónica, en 1954, que luego se llevó a la escena, en 1960, y que por último fue una famosa película, en 1966. En el prólogo que le puso su autor, Robert Bolt, explica el telón de fondo histórico de su obra; indica las razones por las que a él, que no era católico y ni siquiera se consideraba cristiano, le atraía el personaje; y habla de algunas opciones técnicas teatrales que tomó.

El argumento, como es sabido, se centra en el momento en el que Tomás Moro, canciller de Inglaterra y hombre de la máxima confianza del rey Enrique VIII, no apoya su deseo y sus gestiones para conseguir el divorcio de Catalina de Aragón y casarse con Ana Bolena. Moro abandona su puesto como Canciller antes que aceptar la exigencia del rey de que todos los miembros del gobierno y del Parlamento le obedezcan a él como cabeza de la Iglesia en Inglaterra. Más adelante, esa exigencia toma forma de un obligatorio Juramento público y, como Moro no encuentra ningún subterfugio jurídico que le permita jurar sin ir contra su conciencia, es encerrado en la Torre de Londres. No cede ante la presión del primer ministro entonces, Thomas Cromwell, y en el juicio al que es sometido calla para no ser incriminado, pero es condenado a muerte debido al perjurio de alguien que había trabajado con él y que, como premio, es ascendido a Fiscal general de Gales. No teniendo ya nada que perder Moro denuncia públicamente la ilegalidad de las acciones del Rey.

En su presentación, Bolt habla de Enrique VIII como uno de los campeones de la naturaleza humana más baja y, en cambio, habla de Moro como de un hombre de gran personalidad, unas dotes humanas extraordinarias, y un gran sentido de que, de ninguna manera podía ir contra su conciencia: el «no debo hacerlo» para él era igual que un «no puedo hacerlo». Cuando su acomodaticio amigo Norfolk le pregunta si no puede jurar, como él mismo ha hecho, aunque sea por amistad, Moro le responde: «Y cuando estemos ante Dios y tu hayas sido enviado al Paraíso por actuar de acuerdo con tu conciencia y yo condenado por no haberlo hecho de acuerdo con la mía, ¿vendrás conmigo, por amistad?».

Otro de los puntos que la obra subraya es la confianza de Moro en las leyes. Ese máximo respeto por la ley de Moro se ve, al principio, cuando su futuro cuñado William Roper le pregunta si le concedería el beneficio de la ley al Diablo y Moro le dice que por supuesto. En cambio, Roper responde diciendo que, si por él fuera, rompería cualquier ley para cazarlo. A lo cual Moro responde: «Y cuando te hubieses saltado todas las leyes, y el Diablo se volviera hacia ti, ¿dónde te esconderías, Roper, después de haber anulado todas las leyes? Este país está sembrado de leyes de costa a costa, leyes humanas, no divinas, y si fueras a saltártelas todas —y eres muy capaz de hacerlo–, ¿crees de veras que podrías resistir los vientos que se levantarían? Sí, yo concedería al mismo Diablo el beneficio de la ley, ¡por mi propia seguridad!». Así que, al final, la obra pone de manifiesto la insuficiencia de la justicia humana y cómo los poderosos pueden acabar acomodando las leyes que dictan a sus propios intereses.

Al margen, en relación con otras visiones del personaje, vale la pena leer esta entrevista con un historiador inglés en la que comenta la inexactitud histórica, y el acomodo a la mentalidad imperante hoy, que hace Hilary Mantel en su premiada versión novelesca y televisiva de los mismos hechos: «El Moro de Bolt era un héroe liberal para la guerra fría, al igual que el Cromwell de Mantel es un héroe liberal para las guerras culturales. Pero la creación de Bolt debe bastante más al Moro histórico que el Cromwell de Mantel al Cromwell histórico. De hecho, la creación de Mantel debe mucho a Bolt». En el Cromwell de Mantel, «hay una cierta complejidad moral, aunque su notable parecido con un lector de The Guardian le da un aspecto risiblemente anacrónico». Y en su novela, y en la miniserie de la BBC que se ha basado en ella, «todos los demás personajes son simplemente anticuados “buenos” o “malos”, con prácticamente todos los protestantes clasificados como buenos, mientras que los católicos lo son como malos».

Robert Bolt. Un hombre para la eternidad (A Man for All Seasons, 1954-1960). Madrid: Ediciones Iberoamericanas, 1967; 181 pp.; col. Universal Eisa; trad. de Luis Escobar. Versión original en London: Methuen Drama, 1995; 105 pp.; ISBN: 0 413 70380 0. [
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