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sábado, 19 de septiembre de 2015

Demonios familiares


El Señor de Ballantrae fue el libro que más tardó Stevenson en concebir del todo y en escribir: desde 1881 hasta 1889. Es un relato intenso, de un romanticismo un tanto trágico, con varios tramos bien diferenciados y algunos giros un tanto forzados.

La narración corre a cargo de Ephraim Mackellar, administrador de los Durrisdeer, que de vez en cuando recurrirá a cartas o a narraciones de otros para completar su historia. Su núcleo es el prolongado conflicto entre dos hermanos, James Durie (el Master de Ballantrae) y Henry Durie, el menor. Todo comienza con motivo de la revolución jacobita de 1745: los hermanos echan a suertes quien se unirá a los rebeldes y quién permanecerá fiel al rey Jorge, de modo que las propiedades permanezcan en poder de la familia sea cual sea el resultado. Deciden que James será rebelde y Henry será realista. Cuando la revolución fracasa y se piensa que James ha muerto, su prometida se casa con Henry y pronto tienen un hijo.

Pero en 1749, a través del misterioso coronel Burke, tienen noticias de James: el coronel les cuenta las aventuras que tuvo con él entre piratas y recuerda que James considera responsable a su hermano Henry de sus problemas. Más adelante, James vuelve y hace la vida imposible a su hermano; luego los deja de nuevo para irse a la India y regresar más tarde junto con otro extraño compañero llamado Secundra Dass. La última parte tiene lugar en los Estados Unidos: Henry y su familia se van a ese país esperando dejar atrás a James pero no lo consiguen, ni en Nueva York ni durante una expedición a las montañas.

El relato contiene una especie de pacto con el diablo a lo Fausto —varias veces James parece haber muerto pero no es así— y una especie de desdoblamiento de personalidad en dos hermanos, que al principio son totalmente opuestos pero, según avanza la historia, va quedando claro que no es así. Son muchas las resonancias bíblicas que van puntuando la novela —una y otra vez hay referencias a Esaú y Jacob y a la parábola del hijo pródigo— y, por supuesto, es decisiva la importancia que todos dan al honor familiar —el narrador dirá que para el viejo lord Durrisdeer, «al igual que para nosotros, el honor de su casa estaba por encima de todo»—.

La narración, por un lado, es sofisticada: se mezclan distintas fuentes para componer el relato, como son las memorias de dos personas, algunas cartas, irrupciones del autor, historias embutidas en la narración principal. Por otro lado, el principal narrador es un poco afectado al construir su discurso pero, sin embargo, ajusta bien sus frases y es sentencioso con frecuencia —«nunca he temido los ceños fruncidos, sólo las espadas desnudas»—. Además, Chesterton señala cómo en él se aprecian rasgos característicos de la forma económica de relatar las cosas que tiene Stevenson: por ejemplo, Mackellar hace una descripción primera, completa y única, del Master y ya nunca vuelve al tema: los viejos novelistas victorianos acumularían detalles y detalles en distintos momentos y aludirían al asunto una y otra vez pues, a sus ojos, la repetición hacía que la narración fuera más convincente y más «reconfortante» para el lector.

Además de que pensaba que los rasgos y las aventuras de un personaje como el Master impedían considerar este relato como una novela juvenil, Chesterton consideraba un error constructivo el hecho de que se mezclasen en la novela episodios de muy distinto tipo. Así, los de piratas, con las apariciones de Burke, están un poco fuera de lugar: en un relato centrado en una especie de demonio familiar no pintan nada los demonios de otras familias. Del mismo modo, el tramo final en los bosques de los Estados Unidos tampoco encaja bien con todo lo precedente. Sin embargo, la parte mayor de la novela, la escocesa, todas las escenas en el interior de la casa de los padres, tiene una grandeza que recuerda la de las tragedias griegas.

Robert Louis Stevenson. El señor de Ballantrae: un relato de invierno (The Master of Ballantrae: a winter’s tale, 1889). Madrid: Anaya, 1998; 277 pp.; col. Tus libros; ilust. de H.M. Brock; trad. de Ana Isabel Conejo e Hilario Franco; apéndice de Luis Martínez de Míngo; ISBN: 84-207-8447-8. [Vista del libro en amazon.es]

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