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sábado, 14 de noviembre de 2015

Más relatos stevensonianos (2)


El ladrón de cadáveres es un relato que Stevenson escribió a partir de personajes reales. Cuando el doctor Wolfe MacFarlane entra en una taberna es reconocido por un viejo compañero y rival llamado Fettes, a quien se describirá como un ser «frío, egoísta y superficial hasta extremos insospechados», y que «tenía ese mínimo de prudencia, mal llamado moralidad, que aleja a la gente de las borracheras inconvenientes y de los crímenes punibles». El narrador indica que ambos habían sido alumnos del profesor de anatomía Robert Knox y que, juntos, se habían encargado de conseguirle cadáveres pagando para eso a tipos que se hacían con ellos.

Entonces se recuerda lo sucedido tiempo atrás: en una ocasión en la que Fettes identificó el cuerpo de una mujer que conocía y vio que había sido asesinada, MacFarlane le convenció de no decir nada para no verse involucrados. Más tarde Fettes encuentra a MacFarlane en una taberna y allí un hombre llamado Gray trata de malos modos a MacFarlane. A la noche siguiente Fettes ve que MacFarlane trae el cadáver de Gray pero decide callar, aunque esté seguro de la culpabilidad de MacFarlane, para no ser él la próxima víctima.

Tal vez sea este relato el que apunta más cosas acerca de los ambientes turbios edimburgueses que Stevenson conoció en su juventud. Frente a lo habitual en el autor, en esta historia no hay rasgos que suavicen la repugnancia que inspiran los personajes. De ahí que Chesterton dijese que era como un «chorro de gas», por más que el toque «sobrenatural» final sí anuncie o sugiera un castigo.

Las desventuras de John Nicholson tratan sobre un padre íntegro pero rígido, y un hijo que, dejándose llevar por un arrebato, huye de su casa llevándose dinero. El hijo vuelve, al cabo de los años, siendo rico y con la intención de reconciliarse con su padre y su familia pero, debido a una imprudencia pasada, le persigue la policía, pues le creen culpable de un gran robo, y esa noticia ha llegado a su padre y su familia mucho antes de que él pueda explicarse.

Es notable la presentación del padre, con la que comienza el relato: «John Varey Nicholson era un estúpido, aunque otros que lo son más que él están hoy repantingados en el Parlamento y se jactan de ser los autores de su propia distinción». Y en la descripción que sigue se añade lo siguiente: «El señor Nicholson tenía mucho sentido del humor, pero de tipo escocés, intelectual y basado en la observación de los demás; su propio carácter, por ejemplo —si lo hubiese visto en otra persona—, habría sido todo un festín para él, pero las huecas carcajadas de su hijo cuando se rompía un plato, y sus observaciones vacías y superficiales le dolían como indicios de una inteligencia débil».

Otro cuento edimburgués del que dice Chesterton que es una comedia desagradable, no lo bastante penosa para ser una tragedia, pero sí un tanto estridente, como pueden serlo el chillido de unas gaitas. En él se ponen de manifiesto, una vez más, las condiciones sociales y las tradiciones puritanas propias de un país moldeado por el presbiterianismo. El relato también sigue un poco el modelo del regreso del hijo pródigo pero el padre no es, precisamente, una persona con la mejor disposición para perdonar.

Robert Louis Stevenson. Cuentos completos. Barcelona: Mondadori, 2009; 955 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ilust. de Alexander Jansson; ISBN: 978-84-397-2212-0. [Vista del libro en amazon.es]

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