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domingo, 4 de octubre de 2015

Una pena en observación


Tiempo atrás señalé que, después de las consideraciones intelectuales que había hecho en El problema del dolor, C. S. Lewis tuvo oportunidad de hacer un análisis vital cuando lo sufrió en su propia carne, al morir su esposa, en Una pena en observación, un libro desgarrador y consolador a la vez. Pongo a continuación un comentario, más amplio que aquel, sobre los cuatro tramos en los que dividió su relato.

En el primero el autor está centrado en su propio dolor y reflexiona sobre las distintas formas que va tomando en su interior la pena que siente —miedo, lágrimas, desidia...— y se pregunta, con aspereza y expresiones violentas, dónde se ha metido Dios.

En el segundo empieza señalando que debería pensar más en H., su mujer, y menos en sí mismo. Al mismo tiempo comprende la fragilidad de la fe en Dios que tenía: «es muy fácil decir que confías en la solidez de una cuerda cuando la estás usando simplemente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte a esa cuerda suspendido sobre un precipicio. Lo primero que descubrirás es que confiabas demasiado en ella». Indica cómo se ve a sí mismo como «un hombre empeñado en seguir pensando que hay alguna estrategia (que es cuestión de encontrarla) capaz de lograr que el dolor no duela».

En el tercero su comprensión avanza un paso más: «mi amor por H. y mi fe en Dios eran de una calidad muy parecida» y «ambas tuvieron mucho de castillo de naipes». Ante eso, piensa, Dios debió actuar como un «cirujano insobornable»: «Dios ya conocía la calidad de mi fe. Era yo quien no la conocía. (...) Él siempre supo que mi templo era un castillo de naipes. Su única manera de metérmelo en la cabeza era desbaratármelo».

En el cuarto vuelve sobre lo escrito e indica cómo su intención, al empezar, era la de dibujar como un mapa de la tristeza, y cómo se ha dado cuenta de que la pena no es una comarca sino un proceso. Recapitula cómo «mis apuntes han tratado de mí, de H. y de Dios. Por ese orden. Exactamente el orden y las proporciones que no debieran haberse dado». Da entonces unas explicaciones intuitivas sobre lo sucedido: Lewis habla de hay una mirada de Dios, «silenciosa y en realidad no exenta de compasión. Como si Dios moviese la cabeza no a manera de rechazo sino esquivando la cuestión. Como diciendo: “Cállate, hijo, que no entiendes”». Apunta cómo, en un momento, tuvo una impresión que describe con la imagen de hombre en la oscuridad de un calabozo que oye un sonido que es como una risa sofocada, y, con ella, «la sensación de que una simplicidad apabullante y desintegradora es la verdadera respuesta».

A la vez que desarrolla su reflexión, Lewis hace consideraciones certeras acerca del amor humano —un tema que había desarrollado un año antes por extenso en Los cuatro amores—. Entre otras, apunta el que llama uno de los milagros del amor: el de que «consigue dar a la pareja —pero quizá más aún a la mujer— el poder de penetrar en sus propios engaños, y a pesar de todo no vivir desengañada». Es decir, que puede llegar a dar «una visión un poco parecida a la de Dios», de la que «casi podríamos decir que ve porque ama, y por lo tanto que ama, a pesar de que ve».

C. S. Lewis. Una pena en observación (A Grief Observed, 1961). Madrid: Anagrama, 2004, 9ª impr.; 103 pp.; colección Panorama de narrativas; versión de Carmen Martín Gaite; ISBN: 84-339-0653-4. [Vista del libro en amazon.es]

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