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domingo, 29 de noviembre de 2015

La abolición del hombre


En Corazón y cabeza hice un breve comentario a La abolición del hombre, de C. S. Lewis. Pongo ahora uno más extenso a cada uno de sus tres capítulos: «Hombres sin pecho» (o sin corazón, en otra edición), «El camino», «La abolición del hombre».

En el primero, a partir de algunas afirmaciones extraídas de unos libros de texto para chicos de primaria, el autor explica la importancia de basar todos los juicios que hacemos en lo que llama el Tao: la concepción de la conducta humana que, históricamente y en distintas tradiciones morales, ha sido considerada buena; «la doctrina del valor objetivo, la convicción de que ciertas actitudes son realmente verdaderas y otras realmente falsas respecto a lo que es el universo y lo que somos nosotros». Sólo así nuestras aprobaciones y desaprobaciones serán «reconocimientos de valor objetivo o respuestas a un orden objetivo» y, por lo tanto, sólo así nuestros estados emocionales estarán «en armonía con la razón (cuando sentimos agrado por lo que se debe aprobar), o no lo estarán (cuando advertimos que algo nos debe producir agrado pero no lo podemos sentir)». Como una emoción no es un juicio se puede decir que las emociones y sentimientos no responden a motivos lógicos, pero pueden ser razonables o irrazonables según estén o no de acuerdo con la Razón: «el corazón nunca reemplaza a la cabeza; pero puede, y debe, obedecerla». Por esto, si Aristóteles dice que el fin de la educación es conseguir que el alumno tenga predilecciones y aversiones por lo que corresponde, el deber del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos, es decir, que la forma de ayudar al alumno a defenderse adecuadamente contra los sentimientos falsos es inculcarle sentimientos justos.

En el segundo trata de cómo educar es «totalmente distinto según se esté dentro o fuera del Tao». Dice que «lo que he llamado por convenio Tao y que otros llaman Ley Natural o Moral Tradicional o Principios Básicos de la Razón Práctica, no es uno cualquiera de entre los posibles sistemas de valores. Es la fuente única de todo valor. Si se rechaza, se rechaza todo valor. Si se salva algún valor, todo él se salva». También afirma que cualquier sistema de valores le debe al Tao, y sólo a él, la validez que pueda poseer. Y apunta que, por supuesto, el Tao puede ser criticado, pero que hay dos clases de crítica: desde fuera y desde dentro, una quirúrgica y otra orgánica, del mismo modo que uno puede acercarse al lenguaje por motivos comerciales y cambiarlo, algo completamente distinto a lo que hace un gran poeta, que modifica la lengua desde dentro. Del mismo modo, quien es ajeno al Tao no sabe nada de él pues no sabe qué está en discusión y sólo desde su interior se tiene autoridad para modificarlo. Por eso, quienes en esta cuestión se presentan a sí mismos como innovadores y aplican su escepticismo a los valores de los demás pero no a los de su propio grupo, respecto a los cuales no son nada escépticos, curiosamente, se quedan sin respuesta cuando se les pregunta de dónde les viene la autoridad para seleccionar y decidir unas opciones frente a otras.

El tercer capítulo está dedicado a desarrollar la idea de que «una creencia dogmática en un valor objetivo es necesaria a la misma idea de una norma que no se convierta en tiranía, y de una obediencia que no se convierta en esclavitud». Para llegar a esto Lewis explica cómo el esfuerzo mágico serio y el esfuerzo científico serio fueron gemelos: nacieron a la vez y del mismo impulso en los siglos XVI y XVII. Indica cómo «hay algo que une la magia con la ciencia aplicada y separa a ambas de la “sabiduría” de las épocas anteriores. Para los sabios de antaño, el principal problema era cómo conformar el alma a la realidad, y la solución había sido el conocimiento, la autodisciplina y la virtud. El problema para la magia y la ciencia aplicada es cómo someter la realidad a los deseos de los hombres», y la solución que proponen es una técnica en cuya práctica «están dispuestas a hacer cosas que hasta entonces eran indecentes e impías, como desenterrar y mutilar a los muertos». Por eso dice a los científicos que «sería necesaria una reconsideración, y algo así como un arrepentimiento», pues el camino que la humanidad lleva, de «la conquista de la Naturaleza por el Hombre, si se realizan los sueños de algunos planificadores científicos, significa el dominio de unos cientos de hombres sobre billones de hombres». Pues la cuestión es que, tal como están planteadas las cosas, «cada nuevo poder ganado por el hombre es también un poder sobre el hombre». Por este camino, «cuando todo el que dice “es bueno” es menospreciado, prevalece el que dice “yo quiero”». Es decir: los «Condicionadores» o «Manipuladores», los que desean dar a la humanidad la forma que se les antoje, los que desean controlar los valores y no obedecerlos, sabrán cómo formar las conciencias y decidirán qué tipo de conciencias desean producir. La consecuencia es que sus súbditos no serán necesariamente hombres infelices sino que, simplemente, no serán hombres sino artefactos: «la última conquista del Hombre resultará ser la abolición del Hombre».

C. S. Lewis. La abolición del hombre – Reflexiones sobre la educación (The Abolition of Man, 1943). Barcelona: Andrés Bello, 2000; pp.; trad. de Paula Salazar; ISBN: 84-95407-43-4. Hay otra edición en Madrid: Encuentro, 1994, 2ª ed.; 96 pp.; col. Libros de bolsillo - Encuentro; trad. de Javier Ortega García; ISBN: 847490255X. [Vista del libro en amazon.es]

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