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Nota: 'Fatal inclinación a simplificar' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 6 de noviembre de 2015

Fatal inclinación a simplificar


Por recomendación de un amigo leí hace unas semanas Nudo de víboras, de François Mauriac, un autor del que no había leído nada.

Todo el libro es una larga carta que Louis, un abogado prestigioso, empieza dirigiendo a su mujer, Isa. En la primera parte repasa su vida —sus padres, su enamoramiento de Isa, sus tristes y distantes relaciones posteriores, su escaso apego a sus hijos, etc.—, poniendo de manifiesto todo el rencor acumulado y acariciando sus planes para dejarles, a sus hijos y nietos, lo mínimo posible de su gran fortuna. La primera parte termina cuando decide abandonar su casa por sorpresa, sin que lo sepa su familia, y marcharse a París, con la intención de resolver allí cómo disponer su herencia en favor de un hijo ilegítimo al que no conocía.

Narrativamente la obra está cuidada y conseguida. La doble intriga, la externa de saber qué ocurrirá con la herencia del protagonista, y la interna sobre cuál será el resultado de su feroz autoexamen, tiran con fuerza del lector. A la larga carta de Louis, que termina con una palabra decisiva truncada, se le añaden dos clarificadoras cartas más, una de su hijo comentando la carta de su padre, y otra de una nieta a su tío reclamándosela para leerla. Como suele ocurrir con este tipo de novelas, el contenido está bien armado para conducir los acontecimientos y las reflexiones hacia un final y unas conclusiones que, por supuesto, son posibles, pero a los que también cabría reprochar su artificiosidad.

El gran conflicto del protagonista está en su propia increencia —«he tardado sesenta años en componer este viejo que se muere de odio. … ¡Oh! Dios, Dios… ¡Si existieras!»—, que se alimenta también de su rechazo a la que le parece una religiosidad hueca, la de su mujer y sus hijos. El título del libro está tomado de unas lúcidas palabras suyas: «Conozco mi corazón, este corazón, este nudo de víboras: asfixiado por ellas, saturado de su veneno, sigue latiendo por debajo de este hormigueo. Este nudo de víboras que es imposible deshacer, que habría que cortar de un tajo con un cuchillo, con una espada: “No he venido a traer la paz sino la espada”».

Pero esa misma lucidez le hace ver su «fatal tendencia a simplificar a los demás» y constatar que, «a lo largo de medio siglo, no me había bastado con no conocer de mí más que lo que no era yo: había hecho otro tanto con los demás. Estaba fascinado por las miserables codicias que se reflejaban en los rostros de mis hijos», también ellos mismos otro nudo de víboras.

François Mauriac. Nudo de víboras (Noeud de vipères, 1932). Madrid: Homo Legens, 2007; 262 pp.; trad. de Almudena Montoro Picó; prólogo de Alejandro Caja; ISBN: 978-8493550615; en esta edición se contiene también el relato El beso al leproso (Le baiser au lépreux, 1922). [
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