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viernes, 20 de noviembre de 2015

La mente de un fanático


Es sabido que Ve y pon un centinela, la sorprendente novela publicada por Harper Lee hace poco, ha provocado un alud de comentarios y ha supuesto una decepción para muchos que recordaban con afecto la figura principal de Matar un ruiseñor, Atticus Finch, el padre de la joven narradora. El título de la nueva novela —tomado del capítulo veintiuno de Isaías, versículo seis: «Porque el Señor me dijo así: Ve y pon un centinela que haga saber lo que viere»— se refiere, como le dirá su tío a la protagonista, a que «el centinela de cada uno es su conciencia» y nadie puede resolver sus problemas de conciencia descargándolos en otro.

A diferencia de Matar un ruiseñor, cuya narradora era Jean Louise Finch, o Scout, Ve y pon un centinela se cuenta en tercera persona pero desde dentro de la misma heroína, y se desarrolla unos años después. Cuando tiene veintiséis años, Jean Louise regresa, desde Nueva York, donde vive, a su pueblo natal de Maycomb. Allí, mientras se plantea si casarse o no con su pretendiente de siempre, que también es el ayudante de su padre, descubre horrorizada que Atticus es, parcialmente al menos, cómplice de ciudadanos claramente racistas. Toma entonces la decisión de volverse a Nueva York y romper con todo pero, antes, tiene unas tensas conversaciones con su tío y con su padre.

Si no se nos hubieran contado con detalle los pormenores de la confección de esta novela, cualquiera diría que, al menos una parte de ella, fue escrita después de críticas a Matar un ruiseñor como, por ejemplo, las que le hizo Flannery O’Connor. Es decir, como si Harper Lee hubiera querido dejar claro cuál era el verdadero ambiente racista de algunas poblaciones del Sur de los Estados Unidos pero como si, a la vista del éxito arrollador de Matar un ruiseñor, tanto del libro como de la película, ni ella ni sus editores se hubieran atrevido a publicarla entonces.

La decepción de muchos en relación a la caída de su pedestal de Atticus tiene que ver, primero, con el punto de vista de Matar un ruiseñor: el de la mirada ingenua e idealista de la niña o, si se quiere, de la joven narradora que era entonces Scout. Si a la última frase de aquella novela —«mientras regresaba a casa, pensé que Jem y yo llegaríamos a mayores, pero que ya no podríamos aprender muchas cosas más, excepto, posiblemente, álgebra»—, se le hubiera añadido un «pero estaba equivocada» o un «pero aún no lo había visto todo», estaría ya justificado el enfoque de Ve y pon un centinela y ningún lector podría decir que no le habían advertido.

Sea como sea, esta nueva novela no es redonda: es un poco deslavazada y se apoya en recuerdos de infancia que son como restos, o que bien podrían haberse incluido en Matar un ruiseñor. Al mismo tiempo, sin duda, tiene tramos magníficos y unos diálogos finales excelentes y clarificadores. En particular, Scout al menos acaba conociéndose mejor a sí misma cuando su tío le define quién es un fanático —el hombre con una mente incapaz de imaginar cualquier otra mente, decía Chesterton—, y se lo explica del siguiente modo: «¿Qué hace un fanático cuando se encuentra con alguien que cuestiona sus opiniones? No ceder. Se mantiene inflexible. Ni siquiera intenta escuchar, se limita a atacar».

Harper Lee. Ve y pon un centinela (Go Set a Watchman, 2015). Madrid: HarperCollins Ibérica, 2015; 269 pp.; trad. de Belmonte Traductores; ISBN: 978-84-687-6703-1. [Vista del libro en amazon.es]

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