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viernes, 18 de marzo de 2016

Sentimientos frescos


La casa del profesor, de Willa Cather, se desarrolla en la ciudad ficticia de Hamilton, a orillas del lago Michigan, a principios de los años veinte. Godfrey St. Peter, un prestigioso historiador especializado en las exploraciones españolas en el sudoeste de los Estados Unidos, decide seguir trabajando en su vieja casa y no trasladarse del todo a la nueva que se acaba de construir. No está cómodo con sus hijas y yernos (Rosamond y Louie Marsellus, y Kathleen y Scott McGregor), ni con el actual comportamiento de su mujer, Lilian, volcada en viajes, actividades, compras, etc.

En las vidas de todos está muy presente Tom Outland, que años atrás había sido el alumno más destacado del profesor y el novio de su hija Rosamond, pero que falleció en la primera Guerra Mundial. Además, Outland había hecho un importante descubrimiento técnico para la historia de la aviación, que luego explotó con mucho rendimiento económico el actual marido de Rosamond.

En el interior de la novela ocupa muchas páginas otra historia que recuerda el profesor: el descubrimiento que hizo Tom Outland de unos restos arqueológicos en Mesa Azul (inspirados en los del pueblo Ananazi en un lugar llamado Mesa Verde, al sur de Colorado; parecidos a otros que hará el padre Latour en La muerte llama al arzobispo).

En el extenso y clarificador prólogo de Manuel Broncano, autor también de la edición crítica de La muerte llama al arzobispo, se cita un texto en el que la misma Willa Cather habla de los experimentos formales que intentó en esta novela. En concreto señala cómo unas pinturas flamencas de interiores en las que, a través de una ventana cuadrada se veían mástiles de barcos o retazos de mar gris, le inspiraron la idea de que la casa y la vida del profesor aparecieran llenas de objetos hasta causar agobio y, en medio, se abriera la ventana cuadrada «para dejar entrar el aire que soplaba de Mesa Azul y el elegante desprecio hacia las trivialidades que había en la conducta de Tom Outland».

Como es habitual en las novelas de la escritora la narración es fluida, va ganando interés según avanza, los personajes están bien perfilados, y se anudan bien el conflicto principal con otros secundarios. No faltan los toques de ironía bienhumorada —cuando Louie invita sobre la marcha a cenar a varios profesores se afirma que «todos aceptaron: ¿quién ha oído de un profesor que alguna vez rechace una buena cena?»—, ni las observaciones inteligentes —el profesor le dice a su mujer que, desde la época de los caballeros del Rey Arturo, se «desarrolló el sentimiento de que un hombre debía hacer grandes gestas y nunca hablar de ellas, y que nunca debía pronunciar el nombre de su dama, sino cantar sobre ella (…). Es una bonita idea, callarse los sentimientos más profundos: los mantiene frescos»—.

Willa Cather. La casa del profesor (The Professor’s House, 1925). Madrid: Cátedra, 2015; 292 pp.; col. Letras universales; edición y trad. de Manuel Broncano; ISBN: 978-84-376-3481-4. [Vista del libro en amazon.es]

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