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domingo, 24 de julio de 2016

La gran ironía


Cuando vi el título La conquista de la ironía pensé en Mimesis conflictiva: Ficción literaria y violencia en Cervantes y Calderón, un libro de 1974 de Cesáreo Bandera. En él se comenta cómo Cervantes, al ir escribiendo el Quijote, parece ir dándose cada vez más cuenta de lo que estaba haciendo y de a dónde le llevaban sus descubrimientos, literarios y vitales. Al escribir la primera parte del Quijote Cervantes rompe los moldes literarios pero sigue siendo su prisionero. «Consigue descubrir la ficción de sus personajes pero no la suya propia. El momento de la gran ironía no había llegado aún. Cuando llegue, Cervantes habrá creado su gran obra: la más monumental desmitificación de lo literario, del objeto de la curiosidad, que haya producido la narrativa de Occidente».

Por un lado, es como si Cervantes descubriera «que combatir la ficción es “dar coces contra el aguijón”, como dirá ese castellano desconocido que aparece en las calles de Barcelona y en quien podemos ver un autorretrato cervantino». De modo que, al burlarse de la ficción trasladándola a la realidad, Cervantes parece comprender «que a través de esa burla es la realidad misma la que se ficcionaliza», que su propia novela le está tendiendo una trampa, pues ella misma «perpetúa y esparce la ficción que él pretendía destruir». Por otro, «Cervantes descubre la realidad a través del proceso que la ficcionaliza, que la desvirtúa o desfigura», pues descubre «la ficción de la ficción», es decir, «el modo insidioso e insospechado en que la ficción puede convertirse en realidad, o, lo que es lo mismo, la realidad en ficción».

En la primera parte del Quijote vemos cómo, al introducir la ficción en la realidad, se contamina la realidad y se introduce en ella la discordia. «En el fondo, siempre se trata de lo mismo, de una fascinación que “desrealiza” [hace menos real] la realidad, de una especie de magia diabólica creadora de fantasmas imposibles, de un deseo que necesita convertir la vida en literatura y que inevitablemente destruye su propio objeto». Esa fascinación es el deseo mimético que «puede convertir a cualquiera en un maravilloso Amadís, que a partir de ese momento se convertirá en el árbitro absoluto de lo que es y de lo que no es, de lo que tiene sustancia y de lo que carece de ella».

En la segunda, al introducir la realidad en la ficción, se contamina más la ficción pues en todos los momentos en los que se interrumpe la narración, y se introduce otra perspectiva distinta a la del narrador, se disuelve la objetividad de lo narrado. Tal como se apunta en la biografía de Canavaggio, en esa segunda parte, al reivindicar al «verdadero» don Quijote frente a quienes han usurpado su identidad, o al intentar darle a la verdad la revancha sobre la mentira, se produce una situación de vértigo «que nos hace preguntarnos, como ha observado Borges, si no somos nosotros también seres de ficción».

Por tanto, si en la primera parte veíamos que hay un tipo de literatura que puede facilitar y desarrollar un enfermizo deseo mimético, en la segunda vemos que el origen de tal enfermedad es más profundo: no es la literatura la que crea ese deseo sino que es ese deseo el que crea la literatura. El mundo de la mediación es el de la fascinación, pero no sólo en el sentido de que don Quijote acabe fascinado por los deseos que le inculcan sus lecturas, sino en el de que cuanto más dentro de la ficción estamos —no como don Quijote ya, sino como autores o lectores que participan del juego literario que se propone— más dentro de la mediación nos encontramos, y «la mediación no solo amortigua la fuerza del deseo, sino que, por el contrario, la espolea, la inflama al cubrir el objeto deseado con el aura de la divinidad».

Es decir, Cervantes nos acaba haciendo notar que la tragedia está no solo en una ficcionalización de la realidad como la que sufre don Quijote, sino también en una literaturización de la vida que provoca una trascendencia desviada pues hace inmanente lo trascendente. Ahora bien, «la novela no imita nada que no sea parte de ella misma. El mundo que imita la novela es el mundo que la misma novela crea. Como muy bien sabía Cervantes, el objeto del arte no es la representación del mundo externo (simple representación del mundo como exterioridad, como superficie), sino la verdad. La novela es veraz, artística y éticamente veraz, en la medida en que permanece fiel a sí misma». Por eso se puede decir que «cuando muere don Quijote no es sólo don Quijote quien muere, muere la novela. Ese es el fin, no un fin arbitrario sino engendrado en el seno del quehacer novelístico. Un fin que hace imposible la continuación».

Con otra perspectiva de lo mismo habla, muy bien, este artículo: Quijote o Quijano, esa es la cuestión.

Cesáreo Bandera. Mimesis conflictiva: Ficción literaria y violencia en Cervantes y Calderón (1974). Madrid: Gredos, 1974; 262 pp.; prólogo de René Girard; ISBN: 8424906020.

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