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sábado, 10 de septiembre de 2016

Egidio, el granjero de Ham


Egidio, el granjero de Ham es un relato cómico de aires medievales, escrito en 1937 y publicado en 1949, y que, junto con Roverandom y El señor Bliss, Tolkien se lo había pasado a su editor cuando este le pidió más historias después del éxito de El hobbit. Es una historia divertida, con argumento y tono parecidos al de El dragón perezoso, de Kenneth Grahame, y a las Historias de dragones, de Edith Nesbit, y con algunas bromas de tipo filológico a propósito del origen de algunas palabras.

El narrador habla de que su relato se desarrolla en «un tiempo de fronteras inestables, cuando los hombres podían medrar o hundirse de la noche a la mañana, y los juglares disponían de material abundante y de un público atento», en «el valle del Támesis, con una incursión al noroeste hasta el límite con Gales». Tambén era un tiempo en el que «aún había gigantes sueltos: gente ruda y sin civilizar, que en ocasiones causaba problemas». Pues bien, el granjero Egidio, del pueblo de Ham, se hace famoso cuando llega un gigante destrozón a su pueblo y, mientras todo el mundo huye intimidado, Egidio le dispara un trabucazo que lo hace huir. Suceden entonces dos cosas. Una, que la fama de Egidio crece mucho y el rey le regala, como premio, una vieja espada: aunque en ese momento Egidio no lo sabe, la espada es Caudimordax o Tajarrabos, y su particularidad es que brilla cuando un dragón se acerca, pues había pertenecido a Bellomarius, el más poderoso exterminador de dragones de todo el reino. Otra, que las cosas que cuenta el gigante, de regreso en su tierra, pican la curiosidad de un dragón cuyo «nombre era Crisófilax Dives, pues era de linaje antiguo e imperial, y muy rico. Era astuto, inquisitivo, ambicioso y bien armado, aunque no temerario en exceso». Así que Crisófilax entra en el Reino Medio y Egidio se da cuenta de que si uno se ha ganado una reputación, ha de hacer lo posible por mantenerla.

Está muy bien lo que la historia tiene de parodia del mundo caballeresco y de la interesada benevolencia del rey con Egidio, con su indirecta crítica social. Pero tal vez el mayor atractivo del relato esté, aparte de que la calidad de la narración es sobresaliente, en el acierto en la caracterización de los personajes, tanto los humanos como los animales.

Así, Egidio es un tipo que, como los hobbits, tiene rasgos de héroe a su pesar y, cuando llega el momento, un comportamiento sensato y astuto. Se podría decir también que sus paisanos reaccionan de modo semejante a cómo lo hacen los de los hobbits: cuando lo ven partir a la caza del dragón se dice que «el molinero sentía envidia. “Nuestro amigo Aegidius está escalando posiciones”, dijo. “Espero que nos conozca cuando vuelva”. “Es posible que no vuelva nunca”, dijo el herrero. “Ya está bien, cara de penco”, dijo Egidio el granjero completamente fuera de sí. “¡A la porra con los honores! Si regreso, incluso la compañía del molinero será bienvenida. Pero aun así produce cierto alivio pensar que voy a dejar de veros por algún tiempo”».

Un personaje importante, para la fama de Egidio, es su locuaz perro Garm: cuando llega el dragón, Egidio no se da mucha cuenta, pero esto Garm lo interpreta a su modo y le falta tiempo para recorrer el pueblo y decir a todos que su amo «se quedó impertérrito y siguió con el desayuno». Pero, en especial, está conseguido el codicioso y pomposo dragón, de «corazón malvado (como todos los dragones) y no muy valeroso (cosa también frecuente)», que recuerda tanto al dragón con el que se relaciona Roverandom como al Smaug a quien engaña Bilbo, y que entra en acción devorando ovejas, vacas, uno o dos niños de tierna edad, e incluso al párroco que, «de forma harto imprudente (…) había intentado disuadirlo de seguir por los senderos del mal».

J. R. R. Tolkien. Egidio, el granjero de Ham (Farmer Giles of Ham, 1949), en una edición que contiene también los relatos Hoja de Niggle y El herrero de Wooton Major. Barcelona: Minotauro, 1983; 144 pp.; trad. de Julio César Santoyo y José M. Santamaría; ISBN: 84-350-0346-9.

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