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sábado, 3 de diciembre de 2016

Un renovador del español


Alberto Manguel, que fue un joven lector de Borges muchas tardes de los años 1964 a 1968, reunió en su libro Con Borges un buen puñado de anécdotas, opiniones y comentarios que, afirma, «no son recuerdos; son recuerdos de recuerdos de recuerdos, y los hechos que los justifican se han desvanecido, dejando apenas unas escasas imágenes, unas pocas palabras que ni siquiera estoy seguro de recordar con exactitud. “Me conmueven las menudas sabidurías / que en todo fallecimiento se pierden”, escribió sabiamente un joven Borges».

Con amenidad, habla de la ceguera de Borges, de que su mundo era completamente verbal, de su preferencia por la épica, de su afición a las novelas policiacas, de su querencia por los espejos y los laberintos, de su cortesía y humildad a la vez que de su sarcasmo y de sus opiniones francamente discutibles. Explica bien que Borges renovó el idioma, en parte porque «sus amplios métodos de lectura le permitieron incorporar al español hallazgos de otras lenguas: del inglés, giros de frases; del alemán, la habilidad para mantener hasta el fin el tema de una oración». Indica que «poseía un don especial para la paradoja, para las expresiones reveladoras y para los elegantes galimatías, como cuando le advertía a su sobrino de cinco o seis años: “Si te portás bien, te voy a dar permiso para que imagines un oso”».

Menciona su patriotismo que, como muchas otras cosas, iba ligado con una fuerte autoironía: «Frente a la vastedad de la pampa (cuya visión afecta a los argentinos —decía—, tanto como la del mar afecta a los ingleses), una lágrima rodaba por su mejilla y él murmuraba: “¡Carajo, la patria!”». Señala su entusiasmo por la conversación: «a Borges le apasionaba charlar, y a la hora de comer solía elegir lo que él llamaba “un plato circunspecto”, arroz o pastas con manteca y queso, para que la actividad de comer no lo distrajese de la de hablar». Cuenta que, cuando el perro favorito de su amiga Silvina Ocampo murió, «Borges la encontró llorando e intentó consolarla diciéndole que existía, más allá de todos los perros, un perro platónico, y que cada perro era, a su modo, ese Perro. Silvina se enfureció y le dijo bruscamente adónde podía irse con su perro arquetípico».

Alberto Manguel. Con Borges (2004). Madrid: Alianza, 2004; 112 pp.; col. Alianza Literaria; ISBN: 978-8420643410. [Vista del libro en amazon.es]

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