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jueves, 2 de marzo de 2017

Una espada de dos manos


Hace muchos años leí Quintin Durward, de Walter Scott, y recientemente volví a leerla para comprobar que es una de las novelas del autor con un héroe más conseguido y con un hilo narrativo más directo. La edición antigua que he utilizado, a cargo de Antonio Martínez Menchén, tiene una buena introducción sobre La Edad Media, otra sobre las novelas acerca de la Edad Media, y una presentación certera de Scott y esta novela concreta.

A la narración le precede un prólogo del autor en el que habla de una ficticia estancia suya en Francia y que resulta superfluo. La novela tiene un marco histórico real en el que hay algunas inexactitudes en cuanto a las fechas: algunos rasgos de los personajes principales que aparecen en ella coinciden, más o menos, con los datos que tenemos de las personas en las que se basan, pero no así las fechas, pues ni la edad que tienen en la novela es la que tenían en realidad en ese año, ni algunos hechos históricos que se narran fueron el año 1468, que es cuando empieza la historia.

Quintin Durward es un joven arquero escocés que duda entre ponerse al servicio del rey de Francia, el cauteloso Luis XI (1423–1483), o de su principal señor feudal, y también rival, Carlos el Atrevido, Duque de Borgoña. Los acontecimientos le conducen a unirse a los arqueros escoceses del rey Luis, en donde ocupa un importante puesto su tío, y en donde, gracias a varios incidentes, se gana la confianza del rey. Cuando la joven condesa Isabel de Croyes, que había huido de la corte de Carlos por no querer casarse con quien le habían dicho, pide auxilio a Luis, este decide mandarla a Lieja junto al obispo Luis de Borbón, de aquella ciudad. Encarga que la escolte a Quintín, pero este averigua en el camino que las intenciones de Luis no eran exactamente las que le había transmitido a él. Consigue llegar hasta Lieja pero, una vez allí, Guillermo de la Marck, conocido como el Barbudo, o el Jabalí de las Ardenas, ataca ferozmente a la ciudad y mata al obispo. Quintin, entre tanto, huye con Isabel, a la que conduce de nuevo junto a Carlos el Atrevido, donde coincidirá con el rey Luis, que ha ido a intentar hacer la paz con Carlos en un movimiento muy arriesgado.

El párrafo anterior contiene, más o menos, la mitad del argumento, pero no refleja ni mínimamente los muchos incidentes que ocurren y los abundantes e interesantes personajes que intervienen. Están descritos con muchos pormenores el rey Luis y el duque Carlos; en un segundo escalón están aquellos que los rodean, algunos consejeros, nobles, soldados y esbirros. Naturalmente, al héroe se lo describe bien: buena presencia, gran combatiente, modo de comportarse prudente. Por ejemplo, el narrador escribe que «compareció delante del rey y del duque con aquel despejo que dista tanto de la tímida reserva, como de presuntuosa osadía: modo digno de un joven bien nacido y educado, que sabe honrar y respetar a quien corresponde, sin dejarse fascinar o intimidar por la presencia de los mismos a quienes honra y respeta». La heroína tiene menos entidad que otras del autor: aunque sus acciones —huir de Carlos, negarse a la boda, etc.— dan idea de su fortaleza, por lo demás se deja llevar de un lugar a otro pues, como ella misma dice, «la libertad solo existe para el hombre: la mujer debe buscar siempre un protector, puesto que la naturaleza le ha negado los medios de defenderse por sí misma».

La novela tiene ritmo y en ella casi no hay derivaciones. Se suceden a buen paso las escenas de rivalidades, de combates dialécticos, y de peleas individuales y colectivas. No faltan algunos secundarios característicos: algunos graciosos, que aquí son unos canallas que hacen los trabajos sucios al rey Luis; algunos nobles, que actúan rectamente y ven con benevolencia y admiración el comportamiento de Quintin. Naturalmente, abundan las frases excelentes puestas en boca de cualquiera. Así, el narrador introduce buenas frases explicativas: «La meditación de un joven rara vez es tan profunda que no ceda al impulso de la curiosidad, tan fácilmente como la más diminuta piedrecilla, al caer por casualidad de nuestras manos, agita la superficie de un limpio estanque». Uno de los consejeros del rey señala cómo «siempre es el que pierde quien ensalza el mérito de la moderación. El que gana, hace mayor caso de la prudencia que le impele a no dejar escapar la ocasión de que puede aprovecharse». El rey Luis dice sobre otro rey que «hizo un disparate, pues murió como mártir y no hizo méritos para llegar a santo».

Hay escenas que se pueden considerar modélicas, dentro de cualquier novela de aventuras y dentro de las novelas del autor. Una, a comienzos del capítulo IV, es la descripción de un almuerzo que ofrece a Quintín maese Pedro, un noble a quien ha conocido pero cuya identidad real no sabe: «Había un pastel de Périgord, sobre el cual un gastrónomo hubiera deseado vivir y morir, como los comedores de loto de Homero, olvidado de parientes, patria y toda clase de obligaciones sociales; y cuya magnífica corteza parecía levantarse como las murallas de alguna rica capital, emblema de las riquezas que están destinadas a proteger. Junto a este pastel veíase un apetitoso guiso, que a juzgar por su olor se había sazonado con ese ligero punto de ajo que tanto gusta a los gascones, y que por cierto no desagrada a los escoceses; y más lejos descollaba un suculento jamón, parte sin duda de algún noble jabalí cazado en el cercano bosque de Montrichart...».

Otra es la descripción que se hace de Luis Lesly, el Acuchillado, cuando entra en escena y tanto Quintín como el lector le ven por primera vez: «Su traje y armas llamaban la atención por su magnificencia». Después de muchos pormenores se dice que «del cinto pendía uno de esos anchos y sólidos puñales que llamaban la Misericordia de Dios, y del hombro izquierdo el tahalí para la espada de dos manos, primorosamente bordado; pero en aquel momento, el arquero llevaba en la diestra esta pesada arma, que el reglamento le obligaba a no dejar nunca». Más adelante se nos dirá que el Acuchillado no paga el vino en la posada, una «falta de memoria casual en personas de su condición, y que el dueño del establecimiento no pensó en corregir, atemorizado tal vez por la enorme espada de dos manos».

Walter Scott. Quintin Durward (Quentin Durward, 1823). Madrid: Legasa, 1981; dos volúmenes, 610 pp.; no indica traductor; edición de Antonio Martínez Menchén; ISBN: 84-85701-24-X.

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