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sábado, 25 de marzo de 2017

Narraciones de esclavos


Después de leer Trazados busqué un libro que no había leído: Vida de un esclavo americano escrita por él mismo, de Frederick Douglass.

La buena introducción explica que, entre 1820 y 1860 proliferaron en Estados Unidos las «narraciones de esclavos», libros escritos o dictados por negros y publicados por los abolicionistas, de los que tal vez el más logrado sea este. Su autor, que vivió entre 1818 y 1895, consiguió huir de Maryland a Massachussets en 1838. Publicó la primera edición de su libro en 1845 pero luego, en versiones posteriores y en otros escritos que publicó, se ve su mejoría expresiva: era un hombre muy elocuente que convenció de sus tesis a muchos, en sus conferencias, y que llegó a ser una persona destacada en la vida pública.

En el libro cuenta sus experiencias primero como esclavo de plantación y luego como esclavo de ciudad, una condición mucho mejor; habla de los distintos amos y capataces que tuvo, unos más crueles que otros, pero ninguno dispuesto a prescindir de los esclavos; explica cómo pudo aprender a leer, al principio gracias a la esposa bondadosa de uno de sus amos, y luego por su cuenta; se plantea huir y organiza las cosas pero falla en su primera tentativa aunque lo logra en la segunda; y por último explica cosas de su vida, siendo libre, y de su colaboración con quienes militaban en movimientos antiesclavistas.

Uno de los puntos que trata es la religiosidad asombrosamente torcida que vio entre quienes fueron sus amos. Al final dirá que «entre el cristianismo de este país y el cristianismo de Cristo, hay para mí la más amplia diferencia posible..., tan amplia que para considerar el uno bueno, puro y santo es imprescindible rechazar el otro como malo, corrupto y diabólico. Ser amigo de uno es necesariamente ser enemigo del otro. Yo amo el cristianismo puro, pacífico e imparcial de Cristo; y odio en consecuencia el cristianismo corrupto, esclavista, azotamujeres, expoliacunas, parcial e hipócrita de este país».

Su peor etapa fueron seis meses, como peón rural, con el señor Covey, a partir del 1 de enero de 1833: «Nos obligaba a trabajar hiciera el tiempo que hiciera. Nunca hacía demasiado calor ni demasiado frío; por mucho que lloviera, soplara el viento, granizara o nevara, teníamos que trabajar en los campos. Trabajo, trabajo, trabajo, era casi tanto el orden del día como el de la noche. Los días más largos eran demasiado cortos para él, y las noches más cortas, demasiado largas. Yo era bastante ingobernable cuando llegué allí, pero unos cuantos meses de aquella disciplina me domaron».

Más adelante mejorará su condición al trabajar con el señor Freeland, al que calificará como el mejor amo que tuvo: «Como el señor Covey, nos daba bastante de comer; pero, a diferencia del señor Covey, también nos daba tiempo bastante para comerlo. Nos hacía trabajar mucho, pero siempre desde que salía el sol hasta que se ponía. Nos exigía mucho trabajo, pero nos daba buenas herramientas para hacerlo. Tenía una finca grande, pero empleaba a bastantes hombres para trabajarla, y con desahogo, comparado con muchos de sus vecinos. El trato que me dio, mientras estuve a su servicio, fue celestial, comparado con el que padecí a manos del señor Edward Covey».

Dice esto sobre las canciones propias de los esclavos: «Me he quedado muchas veces completamente atónito, desde que vine al Norte, al encontrar personas que eran capaces de alegar el canto de los esclavos como prueba de que están contentos y felices. No se puede concebir mayor error. Cuando más cantan los esclavos es cuando se sienten más desgraciados. Las canciones del esclavo reflejan los pesares de su corazón; y le alivian sólo como alivian las lágrimas a un corazón afligido. Ésa es al menos mi experiencia. Yo he cantado muchas veces para ahogar el dolor, pero muy pocas para expresar felicidad».

Cuando pudo huir, explica, el lema que adoptó «fue éste: «¡No confíes en nadie!». Veía en cada blanco a un enemigo, y en casi todos los hombres de color, motivos de recelo». Esta desconfianza cambió gracias a «la mano humanitaria del señor David Ruggles, cuya atención, bondad y perseverancia nunca olvidaré». Termina su relato expresando su confianza en que «pueda contribuir en algo a informar sobre el sistema esclavista estadounidense, y adelantar el día gozoso de la liberación de mis millones de hermanos encadenados, confiando fielmente en el poder de la verdad, del amor y la justicia para el éxito de mis humildes esfuerzos».

Frederick Douglass. Vida de un esclavo americano contada por él mismo (Narrative of the Life of Frederick Douglass, an American Slave, 1845). Madrid: Capitán Swing, 2010; 264 pp.; col. Polifonías; presentación de Angela Y. Davis; trad. de Carlos García Simón e Íñigo Jáuregui Eguía; ISBN: 978-8493770969. [Vista del libro en amazon.es]

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